Al llegar a la casa, Diego sacó unas pantuflas y se las puso a Elena a los pies.
Cuando apenas eran novios, él solía tener ese tipo de detalles con ella.
Pero desde que se casaron, jamás se había vuelto a agachar para acercarle el calzado.
Elena lo había notado, claro. Incluso una vez buscó en internet y leyó que la mayoría de los hombres hacían lo mismo: cambiaban radicalmente una vez que daban el «sí».
En su momento, se convenció de que era normal y se tragó la decepción para seguir con su matrimonio.
Y ahora, de la nada, volvía a tratarla como si estuvieran en su luna de miel.
¿A qué venía todo eso?
Estaba segura de que no era por amor.
Seguro solo intentaba repetir la misma maniobra de siempre: darle unas cuantas atenciones para volver a tenerla bajo su control.
Elena soltó una risita sarcástica, se puso las pantuflas y caminó hacia la sala.
Diego le sirvió un vaso con agua e incluso le lavó un plato de arándanos para dejárselo en la mesa.
Tenía una expresión sumamente tierna.
—Elena, te has estado agotando entre el trabajo y el cuidado de tu abuela. Hasta has bajado de peso; me duele verte así. ¿Por qué no dejas el trabajo por un tiempo y te dedicas a estar con ella?
Ella bufó, sin tragarse ni un poco aquella actuación.
—Que renuncie o no es asunto mío. ¿A ti qué te importa?
Él frunció el ceño, sin entender por qué se ponía a la defensiva.
A la abuela Navarro le quedaba poco tiempo y, de todos modos, Elena ni siquiera ganaba tanto en ese trabajo. Pasar sus últimos días con la anciana era lo lógico. ¿Por qué le costaba tanto entenderlo?
Estaba a punto de insistir cuando Elena se levantó y enfiló hacia la recámara.
—Estoy agotada. Ya me voy a dormir.
La verdad, no tenía ganas de seguir lidiando con sus tonterías.
Él quería tener contentas bajo el mismo techo a Elena y a su amante, pero ella no iba a prestarse para ese circo.


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