Quien respondió fue la señora Zamora, el ama de llaves de la mansión de los Vargas.
—Buenas noches, ¿buscaba al joven Alejandro?
—Sí... —respondió Elena—. ¿El señor Vargas podrá tomar la llamada?
—El señorito está reunido con la señorita Valverde en el despacho —explicó la señora Zamora—. Pidió que nadie lo molestara por ningún motivo. Dejó el celular en la sala, por eso contesté yo. Si gusta, márquele más al rato.
Con una amargura imposible de disimular, Elena forzó una sonrisa, aunque nadie pudiera verla.
—Entiendo. Muchas gracias.
Tras colgar, pidió un taxi de regreso a su departamento.
Justo cuando estaba por abrir su puerta, la del departamento de enfrente se abrió y salió Isidora.
Llevaba puesto un revelador camisón de tirantes y en su cuello se alcanzaba a ver una marca rojiza bastante sugerente.
Isidora tomó la bolsa de comida que habían dejado colgada en la manija y, al ver a Elena, la saludó con una sonrisa:
—Hola, Elena. ¿Tú eras la que le marcó a Alejandro hace rato? ¿Necesitabas que te ayudara con algo?
Mientras hablaba, sacó una cajita de la bolsa de plástico. Elena alcanzó a leer la etiqueta: era la pastilla del día siguiente.
Sintió que se le cerraba la garganta y que una amargura feroz le subía desde el fondo del pecho.
Al parecer, la relación entre Isidora y Alejandro era mucho más íntima de lo que ella creía.
Alejandro ya la había ayudado muchísimo; sería demasiado descarado de su parte volver a molestarla con el asunto de su abuela. Además, no quería convertirse en una tercera en discordia entre Alejandro e Isidora.
—No es nada —dijo, obligándose a sonreír—. Ya lo resolví. Buenas noches, voy a descansar.
Y, sin decir más, se metió a su departamento.
Al recordar la cara pálida de Elena, Isidora soltó una risita burlona.
Volvió a entrar al departamento, se puso un abrigo en el recibidor, guardó la caja de pastillas en el bolsillo y empezó a comentar con la señora Zamora qué iban a preparar para la cena, como si ya mandara en la casa.
Cuando Alejandro salió del despacho y vio a Isidora en su casa, frunció el ceño.
—¿Isidora? ¿Qué haces aquí tan de repente?

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