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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 144

—Muchas gracias, abuela, pero en el trabajo me va bastante bien, no creo que necesite molestar al señor Vargas.

La señora de limpieza trajo unas galletas y fruta picada, y la abuela le insistió mil veces a Elena para que comiera.

En la mesita había un álbum de fotos. La abuela Vargas lo abrió y le señaló una foto donde aparecían tres niños:

—Mira, este es Alejandro con sus hermanos.

Elena se quedó viendo al Alejandro de unos siete u ocho años; le pareció que desde chiquito ya tenía esa misma cara de seriedad y porte que lo caracterizaba.

La abuela Vargas siguió hablando:

—Sus padres siempre estaban absortos en sus propios asuntos y nunca tuvieron tiempo para los niños. Así que, prácticamente, mi viejo y yo los criamos a los tres. De chiquito, Alejandro era bien travieso, pero mi esposo lo educó con tanta rectitud que lo volvió un adulto en miniatura; se le quitó lo divertido.

Hace unos años, su hermano menor, Matías, tuvo un accidente grave. Alejandro y él eran uña y mugre, así que eso le pegó durísimo, se deprimió bastante... Sumado al peso de tener que encargarse de los negocios de los Vargas, se volvió así de callado. Pero en el fondo, Alejandro tiene un corazón de oro y protege a su familia con todo. Ya te irás dando cuenta.

A través de las anécdotas de la abuela, Elena empezó a entender el pasado de Alejandro.

Siempre lo había visto como el típico hombre poderoso que lo había tenido todo, pero no imaginaba que detrás de esa imagen de perfección cargara con tanto sufrimiento invisible.

—Señora, el señor Alejandro acaba de llegar —anunció la empleada.

La abuela Vargas soltó un bufido.

—Ya empezaba a creer que el trabajo le había borrado de la memoria a su propia abuela.

Se escucharon unos pasos firmes acercándose.

Elena volteó y vio a Alejandro entrando a la sala.

Llevaba, como de costumbre, un traje oscuro de corte impecable. Su postura recta, sus facciones afiladas y ese aire de autoridad imponían respeto inmediato.

—Abuela —saludó primero a la señora, y luego posó su vista en Elena—. Señorita Navarro, qué sorpresa.

Elena le contestó con suavidad:

—Señor Vargas. Vine a visitar a la abuela Vargas y aproveché para devolverle su saco.

Capítulo 144 1

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