Cuando Diego abrió los ojos, se dio cuenta de que Elena seguía a su lado.
—Elena...
Al ver que podía hablar, ella soltó un suspiro de alivio.
Menos mal que la vitrina no estaba tan pesada; por un momento pensó que se iba a morir ahí mismo.
Y no pensaba cargar con una deuda moral así.
Diego recordó de golpe las imágenes que cruzaron por su mente justo antes de desmayarse. Agarró la mano de Elena y le preguntó con urgencia:
—Elena, ¿te acuerdas del incendio de hace cuatro años?
Ella no entendió a qué venía esa pregunta tan de repente.
Hacía cuatro años, durante aquel incendio, ella fue la primera en desmayarse.
Después de que los bomberos la sacaron cargando, recuperó el conocimiento y, al darse cuenta de que él seguía adentro, no lo dudó ni un segundo y volvió a meterse para sacarlo.
Eran marido y mujer, y en ese entonces ella lo amaba profundamente, así que salvarlo le pareció lo más lógico del mundo.
Tras el accidente, él se pasó un mes entero acostado en una cama de hospital. Cuando por fin despertó, nunca mencionó el asunto.
Ella asumió que el trauma lo había bloqueado, así que tampoco sacó el tema.
—Claro que me acuerdo. ¿Por qué?
—¿En qué momento despertaste tú aquel día? —insistió Diego.
Elena le respondió con total desinterés:
—Me desperté en el hospital.
Seguramente él no tenía idea de que ella había regresado a rescatarlo, y la verdad, ya ni ganas tenía de contárselo.
Eso ya no tenía ninguna importancia.
Al escuchar su respuesta, Diego se convenció de que todo había sido producto de su imaginación. Había sido Adriana quien lo salvó, no Elena.
Si Elena estaba desmayada, ¿cómo iba a rescatarlo?
Al ver que ya estaba consciente, Elena no le vio caso a quedarse más tiempo.
En cuanto llegó el asistente de Diego, ella tomó sus cosas y salió del hospital.


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