Cuando Elena despertó, se topó de golpe con un hombre en su cama.
Se llevó un susto brutal. Por puro instinto de supervivencia, soltó una patada y lo tiró al suelo. Acto seguido, se envolvió en la cobija y empezó a buscar desesperadamente algo con qué defenderse.
Solo se escuchó un quejido ronco desde el suelo.
El hombre se levantó poco a poco.
Al ver esa cara seria y tan familiar, Elena se quedó muda.
¡Era Alejandro!
Abrió la boca para soltarle una grosería, pero se la tragó en seco.
Alejandro se sobó la sien, viéndola con cara de no saber si matarla o reírse.
—Señorita Navarro, anoche fue usted la que no me quería soltar.
A la mente de Elena le llegaron recuerdos borrosos de cómo se le había colgado del brazo toda la noche. Sintió que la cara le ardía de vergüenza.
—Perdón, señor Vargas... no me fijé.
Él no le dio más vueltas al asunto. Agarró la caja de medicinas del buró y se la puso en la cama.
—Acuérdese de tomarse la otra pastilla.
Se dio la media vuelta y se metió al baño. Elena notó que caminaba un poco chueco.
Se quedó mirando la puerta, angustiada. «¡Híjole, le di con ganas! ¿Y si lo lastimé de verdad?».
Entre más lo pensaba, más quería que se la tragara la tierra.
Luego recordó la trampa que le había tendido Sebastián y la rabia volvió a encenderse en su interior.
Se levantó, se acomodó la ropa, agarró la pastilla y se la tomó con el agua del vaso.
Alejandro salió del baño y le aventó su saco.
—Vámonos, señorita Navarro, la llevo a su casa.
A Elena todavía le daba muchísima pena voltear a verlo. Asintió con la cabeza, mirando al piso.
Él caminó por delante y ella lo siguió de cerca, envuelta en su saco, manteniendo una distancia prudente.
Abajo, en la recepción del hotel, Diego sujetaba a Adriana del brazo mientras la reprendía con severidad.
—¿No te dije que te quedaras en la casa a descansar? ¿Qué necesidad tenías de salirte a tomar con tus amigas?

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