Por puro instinto, Elena se cruzó de brazos sobre el pecho, rechazando cualquier contacto.
Su instinto de supervivencia estaba al máximo.
—Elena, ¿estás bien? —preguntó él en voz baja, retirando la mano.
Tirada en la cama, ella entreabrió los labios y murmuró con una voz ronca y cargada de sensualidad:
—No me toques... no.
Alejandro se quedó de pie junto a la cama, sin poder apartar la mirada.
Nunca la había visto así.
Llevaba una blusa de seda rosa y una falda gris corte sirena; la posición en la cama resaltaba cada curva de su cuerpo.
Era una mezcla de elegancia y pura tentación.
Llevaba años sin permitirse nada parecido y, en ese instante, tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse arrastrar por el deseo.
Tal vez su aroma la hizo sentir a salvo.
Elena abrió los ojos a medias y susurró:
—Tengo sed.
Alejandro no pudo evitarlo y le rozó la mejilla suavemente con los nudillos.
—Ahora vuelvo con agua —dijo con la voz ronca.
Cuando regresó con el vaso de agua, ella ya se había quedado dormida.
El calor de su piel bastaba para desordenarle las ideas.
Alejandro contuvo el impulso que ella despertaba en él, la sostuvo por la cintura para incorporarla un poco y le acercó el vaso a los labios.
Ella estaba sedienta.
Tomó el agua con desesperación.
Alejandro no le quitaba los ojos de encima.
De repente, se atragantó y empezó a toser. El rostro se le encendió de inmediato y, sin darse cuenta, se aferró a la camisa de él y buscó refugio contra su pecho.
Lo que sea que le hubieran dado tenía pinta de ser algo más que un simple somnífero.
Empezó a arder en fiebre y su mano bajó, rozando el cinturón del pantalón de Alejandro.
Él se quedó pasmado. Tomó aire, intentando frenar el deseo, y trató de apartarla suavemente.
Pero ella levantó la cara y le besó la garganta.
Alejandro se tensó de pies a cabeza.
Eso terminó por quebrar la poca contención que le quedaba.
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