Llevaba dos días viviendo en el departamento y Diego no la había llamado para pedirle que regresara.
Elena supuso que Diego tenía toda su atención puesta en Adriana, lo cual la hizo sentir aliviada.
El sábado a mediodía, sonó el timbre.
Pensó que era Isabel, pero al abrir la puerta se encontró con Diego.
Al ver que no lo recibía de buena gana, Diego le dijo molesto:
—Elena, te dije que vendría a recogerte. Arregla tus cosas, nos vamos.
Elena frunció el ceño.
—Estoy muy bien aquí, me queda cómodo para cuidar de mi abuela y de Ariadna. Además, ¿no te encanta llevar a Adriana a la casa? Si le dejo la recámara principal seguro se pondrá muy feliz.
Diego soltó una risa irónica.
—Veo que sigues resentida. ¿Cuánto tiempo ha pasado y todavía no lo superas? Ya te dije que solo es una niña inmadura, ¿qué te cuesta tenerle un poco de paciencia?
Elena ya no quería seguir hablando con él.
—Hoy tengo cosas que hacer, no pienso regresar —respondió con frialdad.
La expresión de Diego cambió al instante.
—Si no regresas, me quedaré aquí contigo.
Elena estaba a punto de rechazarlo, cuando él continuó:
—¿No querrás que tu abuela se entere de que nos separamos por un pleito sin importancia, verdad?
Elena apretó los puños con frustración.
La salud de su abuela siempre había sido frágil, y últimamente, con el divorcio de su tía, había empeorado.
No podía darle un disgusto en ese momento.
Al mismo tiempo, pensó que Diego era un infeliz por usar eso en su contra.
Diego tampoco quería presionarla demasiado, así que suavizó el tono:
—Sé que ha habido malentendidos entre nosotros, pero con tantos años juntos, ¿aún no confías en mí? Todos esos chismes sobre Adriana y yo no son ciertos.
Intentó acercarse para abrazarla, pero Elena lo esquivó.
En ese instante, sonó el celular.
Era su tía.
—¡Elena, tu abuela se desmayó! Ven rápido al hospital.

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