Elena soltó una risa repentina:
—¿Qué podría pasarme? Tu mamá y tú siempre han querido que tenga un bebé, me hacen inyectarme, tomar pastillas... ¿alguna vez se han preocupado por mi salud?
Diego frunció el ceño.
—Yo creí que tú también querías tener hijos. Si te sientes mal y por ahora no quieres embarazarte, no te voy a obligar.
Después de todo, Adriana ya estaba embarazada; comparado con eso, lo de Elena había dejado de importarle tanto.
Diego añadió:
—Mañana vamos a comer a casa de mi mamá. Ya hablé con ella y, de ahora en adelante, te va a tratar bien. Ya no será como antes, no te presionará tanto ni te obligará a tener hijos.
A Elena le pareció un completo hipócrita.
Antes, cuando Beatriz le hacía la vida imposible, él lo veía todo y jamás movía un dedo.
Ahora que ella estaba a punto de irse, de repente buscaba la manera de arreglar las cosas entre ellas.
Sin embargo, ir a la villa Romero no era mala idea.
Sabía que Beatriz la menospreciaba, y si lograba hacerla enojar lo suficiente como para que la corriera, sería perfecto.
Así que aceptó:
—Está bien.
Al ver que aceptaba, Diego pensó que las peleas anteriores habían quedado en el olvido y, muy de buenas, dijo:
—Bueno, voy por tu pijama. Descansa.
A la mañana siguiente, Elena y Diego fueron juntos a la villa Romero.
Beatriz, Isabela y Lucía ya estaban ahí.
Lucía la trató con una cortesía apenas aceptable y la invitó a sentarse a tomar café; aun así, no dejaba de tener ese aire arrogante de siempre.
Beatriz, por respeto a Diego, no dijo nada y se limitó a beber su taza con expresión distante.
En el pasado, Beatriz habría empezado a criticarla desde el momento en que puso un pie en la casa.
A Beatriz no le gustaba absolutamente nada de Elena: ni su peinado, ni su ropa, ni su forma de hablar.
Antes, Diego siempre le pedía paciencia: «No le hagas caso a mi mamá. Ya sabes que mi papá la ignora, casi nunca está en la casa y ella tuvo que sacar adelante a la familia sola, por eso tiene ese genio».
En aquel entonces, Elena aguantaba de todo.

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