Elena sabía que los Romero eran unos sinvergüenzas, pero no imaginó que llegarían a tanto.
Apretando los dientes, respondió:
—Yo nunca quise colgarme de la familia Romero. Si hubiera sabido que su matrimonio era una farsa, jamás me habría metido con él. Además, ni siquiera quería hacerlo público; fue él quien me obligó al no dejarme en paz y negarse a dejarme ir.
Lucía simplemente no lograba comprenderla.
Para ella, alguien con orígenes tan humildes como Elena no tenía derecho a darse tantos aires de grandeza.
Para Lucía, una mujer como Elena debía saber cuál era su lugar y comportarse en consecuencia.
Lucía sacó un cigarro de su cajetilla y lo encendió.
Entre el humo, habló con toda la calma del mundo:
—En ese caso, ponle un precio. ¿Cuánto cuesta tu dignidad? Lo único que quiero es que te quedes al lado de mi hermano sin armar escándalos. Deberías saber que, a menos que mi hermano se aburra de ti, tú no tienes voz ni voto para dejarlo. Diego es el único hombre de la familia Romero, y como su hermana mayor, me voy a asegurar de que tenga todo lo que quiera.
—¿Y si lo único que quiero es alejarme de él?
Lucía la miró confundida:
—¿Te parece poco ser la mujer de mi hermano? Eres una malagradecida. ¿Tienes idea de cuántas mujeres estarían dispuestas a ocupar tu lugar?
Elena la miró con sarcasmo:
—¿Y eso a mí qué me importa? Ahora mismo solo quiero deshacerme de él y hacer mi vida. Tal vez pudiste detenerme esta vez, pero a la próxima no será tan fácil.
Lucía no se molestó. Siguió tan campante, como si su amenaza no valiera nada:
—Elena, piensa en tu abuela y en tu tía... Sabes muy bien que, para la familia Romero, deshacerse de alguien no cuesta nada.
El rostro de Elena palideció al instante, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura:
—¿Acaso piensas hacer algo ilegal?



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