Elena soltó una carcajada burlona.
—¿Y por qué tendría que hacerte caso? Todo lo que dije es verdad. Adriana tiene la culpa de todo; si no me quieres creer, es tu problema.
La ira de Diego estaba a punto de desbordarse.
—¡Elena, basta ya! Has provocado un desastre en el Grupo Vargas y yo he estado resolviendo las consecuencias. ¿Qué más quieres? He sido demasiado tolerante contigo. Si no fuera por mí, ¿de verdad crees que podrías pagar todos esos daños?
—Yo no te pedí nada —replicó ella con sarcasmo—. Y además, ¿sacarme del apuro? Ya te dije que yo no tuve nada que ver en eso.
Para Diego, Elena ya estaba perdiendo la razón. Si seguía en el equipo de desarrollo, quién sabía cuántos problemas más iba a causar, y eso mancharía la imagen del Grupo Romero.
—Vas a renunciar hoy mismo. Y no está a discusión —ordenó.
Elena no podía creer semejante descaro. Le sostuvo la mirada sin retroceder.
—¡Y si no quiero, ¿qué?! ¡Ya te dije que mis asuntos no te importan! De ahora en adelante, dedícate a tu Adriana y déjame en paz.
Diego apretó los dientes.
—¿Me estás tratando de hacer a un lado? ¡Escúchame bien, Elena, ni te atrevas a pensarlo!
Como era imposible razonar con él, Elena dio media vuelta para irse.
Diego la agarró del brazo con fuerza y la arrastró hacia las escaleras de emergencia, decidido a obligarla a escuchar.
Ella empezó a forcejear.
—¡Suéltame!
Pero mientras más luchaba, más le clavaba él los dedos en la muñeca.
Elena soltó un quejido de dolor.
Diego, dominado por la furia, ni siquiera se inmutó. La miraba fijamente, intentando someterla por la fuerza.
Elena acababa de salir del hospital y aún estaba muy débil; al ser acorralada contra la pared, su rostro perdió todo el color.
Diego, sin notar su fragilidad, seguía intentando "hacerla entrar en razón".
—Entiéndelo de una vez, Elena. Yo soy quien decide, te guste o no.
Las lágrimas le nublaron la vista de pura impotencia.
¿Quién se creía que era? ¡No era ningún objeto de su propiedad!
En ese momento, sonó el celular de Diego.
Por fin la soltó y sacó el aparato de su bolsillo.
Elena se deslizó por la pared hasta caer al suelo. El esfuerzo la había dejado exhausta y, de pronto, un dolor violento le retorció el vientre.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico