—Ya veo. —Luca no hizo ningún otro comentario y solo preguntó—: ¿Ya se van?
Iria habló rápidamente:
—El señor Darío dijo que primero me iban a ir a dejar a la escuela y luego se iba de viaje con mi mamá.
Luca volvió a mirar a Natalia. Aquellas palabras iban dirigidas a ella:
—Si traen tanta prisa, dejen que yo lleve a Irita a la escuela. Así no dan la vuelta de más.
—No pasa nada, nos queda de paso —respondió Natalia. Justo en ese momento, terminó de desayunar. Iria también estaba llena, así que dejó la cuchara y se colgó su pequeña mochila.
—Papá, hoy quiero que mi mamá me lleve.
Luca le sonrió con impotencia:
—Está bien. En la tarde voy yo a recogerte.
—¡Sale! —Iria agarró la mano de Natalia y caminaron hacia la puerta.
Darío se dirigió a Luca:
—Entonces nosotros nos adelantamos.
—Vayan con cuidado. —Luca se le quedó viendo a los ojos a Darío por un par de segundos antes de soltar la advertencia.
—¡Lo haremos! —Darío sintió una presión invisible en el aire y dio media vuelta para salir.
Luca observó la forma en que los tres platicaban en la puerta. Sintió un repentino y extraño fastidio en el pecho. Pensó que, a lo mejor, todo el estrés del trabajo de esos días lo tenía con las emociones a flor de piel.
***
Era mediodía en Rivella. El cálido sol de la primavera hacía que el aire se sintiera todavía más fresco.
Habían elegido comer en el área privada de un restaurante muy exclusivo, famoso por sus ingredientes y su discreción.
Las persianas estaban medio abiertas, y la impecable decoración estilo zen del lugar lucía bastante pacífica bajo la luz.
Darío fue el anfitrión. Los cuatro estuvieron comiendo y platicando dentro del cubículo. Al ser la experta técnica, Natalia fue la que pasó la mayor parte del tiempo explicando los retos y las soluciones del proyecto, con Darío apoyándola a su lado.
Las cosas fluyeron de maravilla y la contraparte se mostró muy interesada.
Como el socio tenía otros pendientes urgentes, se retiró alrededor de las doce y media.
Darío y Natalia lo acompañaron a la salida. Tras checar la hora, Darío sonrió:
—Hace rato te la pasaste hablando y seguro ni te llenaste. Vamos a meternos otro rato para comer bien.
Natalia asintió con la cabeza, sin poner peros.
Darío pidió la carta de nuevo y agregó una orden de lomo de atún aleta azul.
En ese momento, un grupo de personas entró por la puerta principal. Entre ellos, venía un hombre de saco casual gris oscuro, con una sonrisa amable. ¡Era Erick!
Se notaba que acababa de llegar a comer con sus conocidos.
La mirada de Erick se clavó al instante en Natalia. Un destello de sorpresa cruzó por sus ojos, seguido de una evidente alegría.
—Natalia, ¿qué coincidencia? —Erick fue el primero en hablar. Luego, notó a Darío de pie junto a ella. Se quedó pasmado un segundo, pero de inmediato amplió su sonrisa—: Darío, tanto tiempo sin verte.
Darío arqueó una ceja y soltó una carcajada:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo