La abuela Josefa se sentía exhausta. Nunca se había arrepentido de haber organizado el matrimonio entre Denisa y su nieto mayor, pero jamás imaginó que las cosas saldrían tan mal y que él moriría tan joven. Consumida por el dolor, Josefa había intentado enviar a Denisa al extranjero, pero, una vez más, sus planes se frustraron cuando Luca se interpuso con firmeza.
—Señora, el señor Luca dijo que su viaje al extranjero era por negocios. Temo que… —El mayordomo no se atrevía a lanzar suposiciones a la ligera.
—¡Bah! Se fue a toda prisa. Para mí que solo fue a hacerle compañía a cierta mujer.
—Señora… —El mayordomo se asustó tanto que palideció de golpe.
—¡Qué desgracia! —exclamó la anciana, golpeándose las rodillas con fuerza.
En ese momento, Cristina, que estaba cenando con unas amigas de la alta sociedad, se sorprendió bastante al enterarse de que Luca había salido del país.
A la mañana siguiente, Cristina se comunicó de inmediato con él.
Cuando él contestó, se escuchaba un eco de fondo, como si estuviera en la habitación de un hotel o en una sala de conferencias.
—Mamá, ¿pasa algo? Estoy en una reunión —dijo Luca, con su habitual tono sereno.
—Luca… ¿cómo van las cosas por allá? ¿Cuándo regresas? —preguntó Cristina, intentando sonar como si solo se preocupara por él.
Luca le contestó:
—Probablemente me tome unos dos o tres días. ¿Por qué?
Cristina frunció el ceño y sugirió:
—Ya que estás en el extranjero, ¿no deberías platicar con Denisa? ¿No está ella también por allá?
—Está justo a mi lado —respondió Luca de inmediato—. También vino a participar en la reunión.
Cristina sintió un vuelco en el corazón. Sin más remedio, le advirtió:
—Bueno, concéntrense en el trabajo. En cuanto terminen, regresen al país lo antes posible.
—Entendido, mamá. —Tras decir eso, Luca colgó la llamada.
En ese momento, la noche en los Alpes era tan tranquila como un lago sereno, con un cielo estrellado imponente.
Dentro de la cabaña privada, el fuego ardía en la chimenea, brindando un ambiente reconfortante.
Tras terminar su junta laboral, Luca y Denisa habían viajado en coche hasta allí para descansar.
El hombre tenía un gesto de cansancio evidente en el rostro. Al entrar a la sala, se dejó caer en el sofá y murmuró:
—Voy a dormir un rato.
Denisa asintió con ternura.
—Subiré a buscarte una manta. Descansa.
Parecía que Luca no había podido dormir bien durante todas las fiestas. Allí, en la silenciosa sala y al calor de la chimenea, cayó en un sueño profundo.
Denisa lo cubrió suavemente con la manta. Luego, se levantó, se sirvió media copa de vino tinto y se sentó en el sofá de enfrente, observando al hombre dormido con una mirada llena de devoción.
Sus facciones eran perfectas. A sus veintinueve años, se encontraba en su mejor etapa, irradiando un atractivo maduro y una presencia imponente.
Mientras daba un sorbo al vino y observaba las llamas danzantes, el rostro de Denisa no reflejaba la alegría de haber conseguido lo que quería. Por el contrario, se notaba en ella cierta melancolía y un aire calculador.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo