—Pablo, ven un momento.
Pablo se acercó.
—¿Qué pasó, mamá?
Liliana lo llevó hasta un rincón del patio, justo bajo el árbol del jardín.
—Nati se ve decaída esta noche. Tú eres su hermano mayor, ¿sabes algo al respecto?
Al escuchar la repentina pregunta de su madre, Pablo sintió un nudo en el estómago. Claro que sabía algunas cosas, pero no se atrevía a decirlas.
—Mamá, seguro te estás imaginando cosas. Nati está igual que siempre. Si acaso le pasa algo, es que está agotada. La acaban de transferir a la nueva empresa, tiene mil cosas encima y todavía tiene que hacerse tiempo para cuidar a la niña. No es de acero ni tiene superpoderes, seguro solo necesita descansar un poco —intentó justificarse Pablo, haciéndose el desentendido.
Sin embargo, como dicen, no hay nadie que conozca mejor a un hijo que su madre. Liliana captó a la perfección todos los microgestos en el rostro de Pablo.
Siempre que él mentía, empezaba a parpadear más rápido de lo normal. En ese instante, apenas terminó de hablar, ya había parpadeado un sinfín de veces.
—Más vale que me digas la verdad, porque me voy a enojar de veras —le advirtió Liliana con expresión severa.
El rostro de Pablo se tensó, seguido de una risa nerviosa.
—Mamá, de verdad no sé nada. Mejor pregúntale a Nati mañana.
—Si ella quisiera hablar, no te lo estaría preguntando a ti —respondió Liliana, lanzándole una mirada molesta—. En los momentos importantes nunca sirves para nada. Ya vete.
Pablo soltó un murmullo de afirmación y corrió rápidamente hacia su coche.
Liliana sacó su celular y envió un mensaje de texto.
Una vez que Natalia logró dormir a su hija, bajó a la cocina para comerse el caldo que su madre había preparado. Después, preguntó:
—Mamá, ¿te acuerdas dónde quedó aquella caja donde guardaba mis libros?
Liliana se quedó pensativa un segundo.
—Tu papá fue el que la guardó.
En ese momento, Carlos se dio la vuelta enseguida y se dirigió a un cuarto de almacenamiento cercano. Poco después, regresó cargando la caja.
—Aquí está. ¿Qué pasa? ¿Buscas algún libro en particular?
Natalia terminó su comida, se agachó y rebuscó un rato hasta sacar un grueso manual de medicina. Luego, lo abrió.
La dedicatoria seguía ahí en la primera página.
Natalia cerró el libro y miró a sus padres.
—Voy a subir a mi cuarto.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo