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Quédate con tu cuñada, querido exesposo romance Capítulo 164

Natalia sonrió y respondió:

—El cultivo científico no es tan sencillo.

Mientras hablaban, el cielo cambió de repente. Unas nubes color plomo se posaron sobre ellos y todo se oscureció de inmediato. Varios técnicos, apurados por llegar a sus casas, se despidieron rápidamente. Natalia miró el cielo y le dijo a Paulina:

—Si esto empeora, tal vez tengamos que pasar la noche aquí.

Paulina rió.

—Rara vez se tiene la oportunidad de experimentar la vida en el campo. Por mí no hay problema, pero me preocupa que la doctora Ortega no lo soporte.

Natalia esbozó una sonrisa suave.

—Yo estaré bien, pero me preocupa el frío de la noche.

Paulina asintió.

—Sí... Iré a ver si hay alguna cama en el segundo piso.

Apenas subieron, unas gotas gigantes empezaron a golpear el techo de lámina de la plantación con un ruido ensordecedor. En un instante, todo quedó envuelto bajo una cortina de lluvia inmensa.

Natalia cruzó los brazos, se cerró bien la chamarra negra que traía y miró por la ventana.

Las siluetas de las montañas y los árboles habían desaparecido. Solo quedaba el viento furioso y el aguacero.

Esta plantación era nueva, construida en un valle. Afuera, el camino de tierra ya se había convertido en un arroyo.

El celular de Natalia sonó. Era Bruno.

—Nati, ¿sigues allá arriba? Ni se les ocurra bajar todavía. Las autoridades acaban de avisar que la corriente tiró el puente a quince kilómetros de ahí. Es imposible cruzar. Por favor, no salgan en el carro.

Natalia checó la hora; ya eran las siete de la noche y afuera estaba completamente oscuro.

—Tío, creo que me tendré que quedar a dormir aquí y veré si salimos mañana. ¿Hay algún otro camino para salir de aquí? —le preguntó.

—Sí lo hay, pero todo depende de si la lluvia para o no. Tranquila, busca en la cocina; debe haber arroz en los gabinetes y algunas verduras en la parte de atrás para que improvisen algo.

—Está bien, tío. Que así sea. Mañana veremos qué pasa cuando deje de llover.

Al colgar, Paulina se acercó corriendo.

—Doctora Ortega, acabo de revisar la cocina. Encontré arroz y verduras, no pasaremos hambre.

Natalia miró la vieja y amarillenta bombilla que colgaba bajo el tejado. Definitivamente, hoy no podrían irse. Le mandó un par de mensajes a su madre, quien le insistió que se abrigara y se cuidara.

Justo cuando estaban a punto de preparar la cena, unos intensos faros iluminaron la entrada.

Paulina se sobresaltó.

—¿Quién será a estas horas?

El corazón de Natalia también dio un vuelco. Con este clima, ¿y si eran asaltantes?

—¡Agarra ese cuchillo de cocina! —le ordenó de inmediato a Paulina.

Mientras hablaba, Natalia levantó un tubo de metal que estaba cerca. Paulina sostuvo el cuchillo, pero le temblaba todo el brazo, segura de que ya habían valido.

Las luces del carro se acercaron poco a poco hasta detenerse justo frente a la reja de metal de la plantación. El ruido del motor cesó.

Natalia entrecerró los ojos y, cuando las luces bajaron de intensidad, se dio cuenta del modelo del vehículo y de las placas que se alcanzaron a iluminar. Se quedó congelada.

En ese momento, se abrió la puerta del auto y de ahí salió una figura alta. Del otro lado también bajó un hombre más joven.

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