Natalia caminó hasta una de las sillas ubicadas frente a su escritorio y tomó asiento.
Luca rodeó el mueble, pero no se sentó; apoyó las manos en el borde de la mesa, inclinó levemente el torso y la miró desde arriba con gran superioridad.
—La salud de Irita ya está estable. Además, ambos prestamos muchísima atención al diagnóstico del doctor. Si de verdad queremos que nuestra hija tenga una vida similar a la de un niño normal, los dos tenemos la obligación de llegar a ciertos acuerdos. —El tono de Luca era inusualmente calmado, pero estaba cargado de una presión imponente.
Natalia lo escuchó en silencio, apretando poco a poco los puños.
—¿Y bien? ¿Todavía no encuentras una forma de solucionar nuestros problemas amorosos? —cuestionó él, bajando el tono.
Al notar que Natalia seguía muda, Luca soltó una respuesta definitiva y contundente:
—No te voy a dar el divorcio.
El corazón de Natalia dio un salto. Todo lo que había dicho su marido era bastante sensato, e incluso ella había llegado a la misma conclusión tras analizar el asunto a sangre fría durante esos días.
Al ver su inquebrantable expresión helada, Luca sintió una enorme frustración florecerle en el pecho.
Este tipo de irritación era poco común en un hombre como él; pero Natalia era la única mujer en la tierra con la increíble habilidad de provocarle esa clase de coraje.
Ignorando su frialdad, Luca hundió las manos en sus bolsillos y la miró fijamente.
—Te propongo que escuches lo que tengo para ofrecer.
Natalia tomó un profundo respiro y asintió:
—¡Te escucho!
—Sé que ya no quieres estar conmigo; pero por el bienestar de Irita, propongo que mantengamos este matrimonio, al menos ante la ley. A cambio de esto, te otorgaré libertad total. Si no aguantas la idea de seguir viviendo bajo el mismo techo, puedes inventar algún pretexto y mudarte de la casa, a donde sea que prefieras ir. A pesar de la separación física, legalmente conservaríamos la custodia compartida. —Luca no le quitaba los ojos de encima, dictándole cada una de las pautas de su arreglo con suma determinación.
Natalia levantó la mirada para ver a su esposo, incapaz de articular una sola palabra.
Luca interpretó su silencio como un rotundo acuerdo, así que prosiguió para darle su golpe final:
—Cuando Irita tenga la edad suficiente y se encuentre fuerte como un roble tras la operación de su corazón, pondremos todo el papeleo oficial en orden y tramitaremos el divorcio. No te agobies, no te exigiré nada, ni como pareja ni como mujer, durante ese tiempo.
Tras escuchar sus últimas propuestas, Natalia sintió un enorme nudo en la garganta. Considerando su inquebrantable carácter para actuar siempre rápido y sin fallas, la acción esperada sería encontrar las lagunas en su discurso y desarmar todo ese argumento al instante.
Sin embargo, aquellas increíbles dotes analíticas resultaban estériles frente a sus conflictos maritales.
El rostro pálido de la pequeña retumbaba en su cabeza a cada segundo; el diminuto cuerpo temblando en la camilla del hospital fue el pretexto ideal, funcionando como una red maestra que logró capturar toda la atención y las defensas de Natalia, dejándola acorralada sin salidas.
Naturalmente, Luca vio a través de sus defensas y reconoció la enorme resignación a la que ella misma se arrinconó.
Reduciendo un poco lo brusco de su voz y demostrando algo del cansancio retenido en él, argumentó:
—Natalia, sé que tenemos grandes problemas entre nosotros, pero salvar la salud de nuestra pequeña Irita está muy por encima de nuestro orgullo. Dejarla crecer bajo el amparo de un ambiente estable es lo más sensato, ¿no crees?
—Estoy de acuerdo —aceptó por fin Natalia, alzando de nuevo la cabeza para clavarse en la mirada del hombre—. Pero te aseguro que terminaré firmando los papeles de nuestro divorcio al final.
La determinación inyectada en su sentencia tambaleó por un brevísimo momento el semblante imperturbable de él, para luego volver a su frialdad absoluta.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo