Al ver que sus papás estaban ahí con ella, Iria intentó sentarse. Sin embargo, en cuanto se dio cuenta de la aguja clavada en su mano izquierda, hizo un puchero y rompió en llanto, pidiendo a gritos el abrazo protector de su mamá.
Natalia la rodeó con sus brazos, recordándole que tuviera cuidado con su manita del suero y no se moviera de más. Sus ojos, ya enrojecidos, se llenaron de lágrimas nuevamente.
—Mamá, tengo mucho miedo... —sollozó Iria, dejando salir todo su pánico.
—No te asustes, mi amor. Aquí está mami.
Ver a la madre y a la hija llorando abrazadas le apretó el pecho a Luca.
—Pórtate bien, Irita. El doctor Romeo nos dijo que no debes llorar fuerte, así que no llores más, ¿sí? Dime, ¿tienes hambre? Ahorita te voy a comprar algo rico —le susurró Natalia, tratando de consolarla. En ese momento no le importaba el resto del mundo; solo quería que su niña estuviera a salvo y sana.
Con esas palabras, Iria logró relajarse poco a poco. Soltó un par de hipidos y volteó a ver a su papá. Al instante, se arrastró con cuidado hasta la otra orilla de la cama y se echó a los brazos de Luca.
—Papá, ¿no andabas de viaje? ¿Por qué regresaste? —le preguntó, todavía con un pequeño puchero en los labios.
Luca tomó un pañuelo de papel y le secó las lágrimas con muchísima delicadeza.
—En cuanto me enteré de que estabas en el hospital, me regresé de inmediato —le respondió con voz ronca.
—Papá, ¿es que me voy a... me voy a morir? —balbuceó Iria. Volvió a alterarse por el miedo, al grado de empezar a temblar.
Esa dolorosa pregunta fue un golpe directo para ambos padres. Los dos palidecieron al mismo tiempo.
—Claro que no, Irita se va a poner súper bien —le aseguró Luca con voz suave, tragándose su propia tristeza.
Natalia sintió que no aguantaba estar ahí un minuto más, así que se puso de pie.
—Irita, mamá va a bajar rápido a comprarte algo para comer.
—Sí, mami. ¿Me puedes comprar unos dulces de leche? Tengo muchas ganas de comer algo dulce —le pidió la niña en voz bajita.
—¡Por supuesto! —asintió ella.
Justo cuando iba llegando a la puerta, apareció Romeo; Luca había tocado el botón de asistencia para llamarlo.
—¿Ya despertó Irita? —Romeo suspiró aliviado. Luego, se dio cuenta de los ojos irritados de Natalia. Con una mirada comprensiva, le susurró—: Tranquila, te juro que Irita va a estar bien.
Natalia lo miró de vuelta con pura angustia reflejada en sus ojos.
—¡Está bien!
***
Estando en el pasillo, Natalia recibió una llamada de la escuela. Los padres del niño que había empujado a Iria llegaron de inmediato al plantel; estaban muy ansiosos por ir a ver cómo seguía la pequeña y querían que su hijo pidiera perdón en el hospital.
Natalia ya había revisado el video de las cámaras de seguridad que le mandó la escuela. Efectivamente, el otro niño iba corriendo a toda prisa y no notó que Iria estaba ahí, así que la terminó chocando. Por el fuerte dolor, Iria se puso a llorar sin control, lo que causó una dificultad respiratoria severa, llevándola al desmayo y dejándole los labios morados. Afortunadamente, los maestros actuaron a tiempo y la trasladaron de emergencia a la clínica.
Natalia les contestó pidiendo que, por el momento, no fueran. En cuanto Iria estuviera más estable, serían ellos quienes irían a la escuela para aclarar la situación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quédate con tu cuñada, querido exesposo