El rostro de Liliana estaba carente de toda sonrisa, y Carlos apenas le dirigió respuesta; un atisbo de incomodidad asomó en la cara de Denisa.
Sin embargo, con tanta gente mirando, tampoco podía darse la vuelta y marcharse así como así; después de todo, Natalia seguía siendo la única esposa en la familia Torres y su posición tenía un peso considerable.
Denisa le tenía algo de temor, principalmente porque a la abuela Josefa le agradaba.
—Nati, a partir de ahora, ya no me llames cuñada. Aunque soy un año mayor que tú, soy menor que Luca, así que en adelante solo dime por mi nombre. Hoy me siento un poco indispuesta, así que brindaré contigo con esta limonada. Por favor, de ahora en adelante, cuídame mucho dentro de la familia Torres.
Ese «cuídame» le sonó a Natalia como un piolet perforándole los tímpanos.
Observó con frialdad las cejas perfectamente delineadas de Denisa, y por un segundo se le cruzó un pensamiento audaz por la cabeza: arrancarle esa máscara tan hipócrita y asquerosa ahí mismo, a la vista de todos.
Pero sabía que, si tomaba esa decisión, la familia Torres entraría en caos, Cristina se convertiría en el hazmerreír de la alta sociedad y el escándalo hundiría a toda la familia.
—Mamá… ¡tú también toma poquito! —se escuchó una vocecita infantil.
Iria, sin que Natalia se diera cuenta, le había agarrado el dedo con su manita, transmitiéndole un hilo de calidez.
Las innumerables palabras punzantes que habían llegado a la punta de su lengua fueron forzadas a regresar a su garganta. Echó un vistazo al rostro inocente y lindo de su hija y, tras encarar con frialdad la mirada de Denisa, levantó su copa:
—Claro que sí, por supuesto.
Para Denisa, los segundos en los que levantó el vaso se sintieron tan largos que le dieron miedo. La mirada que le lanzó Natalia llevaba una especie de frialdad que le erizó la piel.
Por fortuna, había calculado bien: por muy molesta que estuviera Natalia, ese día tendría que guardar las apariencias.
Una ligera sonrisa se dibujó en la comisura de los labios de Denisa y, enseguida, su pecho se relajó. A partir de ahora, ya no era una intrusa a la que pudieran echar con facilidad de la familia Torres; tenía la carta del apellido Torres a su favor, e incluso la abuela no podría echarla, porque si lo hacía, sería acribillada por la opinión pública.
Denisa dio media vuelta y se marchó. Natalia levantó a Iria, abrazó su cuerpecito contra el pecho y escondió la cara en el cálido hueco de su hombro.
Ese par de personas inmundas no merecía que ella echara a perder su educación y su cordura.
En lugar de revolcarse y terminar destrozada en esas aguas turbias, la opción más sensata era llevarse a su hija de ahí y forjarle un futuro mucho mejor.
Liliana y Carlos se marcharon antes de las nueve. Luca salió a despedirlos. Natalia también salió junto con Iria. Luca la miró a los ojos por un instante, pero al final no pronunció palabra alguna.
Al ver el desánimo de su hija, Liliana quiso acercarse a decirle algo, pero al ver a Iria allí presente, prefirió guardarse las palabras. Iria ya tenía cinco años y podía entender ciertas cosas.
Al regresar a la casa, Marta ayudó a bañar a Iria, y Natalia también se dio un baño, cayendo rendida sobre la cama. Iria trepó a su lado para acurrucarse, jugando con un juguete en sus manitas.
Al poco rato, se quedó dormida con el juguete todavía apretado contra el pecho.
Natalia fue recogiendo los juguetes con delicadeza, poniéndolos en el buró uno por uno, y, tras mirar su carita inocente como de angelito, le dio un beso.

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