Contra todo pronóstico, tras la publicación del comunicado, la polémica no solo no se detuvo, sino que se intensificó.
Alguien descubrió que la empresa Zamora patrocinaba el concurso y, atando cabos, sacaron a la luz la identidad de Julia como la «señora Zamora».
La sección de comentarios se llenó de insultos hacia Julia. Le reclamaban por qué una mujer rica como ella no se quedaba en casa cuidando a su marido y teniendo hijos; la acusaban de ser avariciosa y de robarle oportunidades a la gente trabajadora cuando ya tenía la vida resuelta.
Incluso hubo quienes escarbaron en su «oscuro pasado», asegurando que había utilizado tácticas sucias y amenazas de muerte para conseguir su lugar como esposa de German. Otros afirmaban que su unión con la familia Zamora escondía segundas intenciones y que todo se trataba de un matrimonio por contrato.
Verdades a medias y mentiras absolutas se mezclaron, creando rumores cada vez más absurdos.
Julia estaba sentada en su taller, deslizando el dedo por la pantalla de su celular.
Su mirada se detuvo en un par de comentarios específicos.
[¿Una persona así puede ser diseñadora? Si su padre se enterara, se revolcaría en su tumba.]
[De tal palo, tal astilla. Como es el padre, es la hija.]
Los dedos de Julia comenzaron a temblar y sus dientes castañetearon ligeramente.
Lo que más temía había sucedido.
Al final, habían involucrado a su padre.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa con brusquedad. Al cerrar los ojos, una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
Recordó las palabras de su padre: «Hacer ropa es como forjar el carácter de una persona; las manos deben estar limpias, pero el corazón debe estarlo aún más».
—Pero, papá, parece que a este mundo no le importan esos principios —susurró.
La memoria la llevó a aquella vez en que su padre fue humillado por unos tipos influyentes de la fábrica que querían comprar sus obras a precio de regalo. Cuando él se negó, lo amenazaron e incluso llegaron a los golpes.
En aquel entonces, los conocidos le aconsejaban que simplemente vendiera. Se burlaban de él llamándolo terco por rechazar dinero fácil y empeñarse en luchar contra la corriente.
Ella no lo entendía en ese momento, pero su padre le explicó que lo más valioso de un artesano era su creatividad única. Si cedía y malbarataba el fruto de su esfuerzo, esos hombres se acostumbrarían a aprovecharse, volverían una y otra vez, y al final sería imposible deshacerse de ellos.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Ruegues, No Sirve