Al ver que German seguía sin pronunciar palabra, Don Eduardo perdió el interés de seguir discutiendo y soltó una última advertencia.
—No me importa lo que tengas que hacer, pero el divorcio no es una opción. En la familia Zamora no se permiten esas cosas.
Exactamente igual que con su madre.
German le lanzó una mirada cargada de hostilidad a su padre y salió de la habitación sin decir más.
Cristián hizo una rápida reverencia de disculpa y corrió detrás de su jefe hacia la salida de la mansión.
Ya en el coche, German miraba por la ventana con el ceño fruncido.
Las palabras que el viejo acababa de usar para sermonearlo le resultaban irónicas.
Lo tachaba de frío y de no saber medir las consecuencias, ¿acaso su padre no había sido mil veces peor?
Años atrás, cuando la familia de su abuelo materno fue incriminada falsamente por sus rivales, su madre le rogó a Don Eduardo que interviniera. Su respuesta fue: «El Grupo Zamora está en pleno crecimiento. No vamos a arriesgar nuestro futuro por un asunto menor».
No solo se negó, sino que la encerró en casa, le cortó todas sus cuentas bancarias y le advirtió que, si sus intentos de ayudar a la familia Castillo afectaban en lo más mínimo las acciones de la empresa, él mismo se encargaría de hundirlos aún más.
Finalmente, la familia Castillo perdió el juicio y se declaró en bancarrota. El abuelo materno no soportó el golpe y sufrió un derrame cerebral fulminante. Su abuela materna fue hasta la casa de los Zamora, le cruzó la cara a su madre frente a todos y la repudió para siempre.
Al final, su madre tuvo que arrodillarse ante su propio suegro —el abuelo de German— suplicando piedad. Fue él quien ordenó a los abogados de la empresa limpiar el nombre de los Castillo.
Aunque los Castillo tenían cierto renombre, no eran nada comparados con el poder de los Zamora.
Todo había comenzado cuando su abuela paterna se encaprichó con su madre en una fiesta de sociedad. En esa época, su padre estaba loco por una actricilla de cuarta. A la abuela le pareció una mujerzuela sin clase, indigna de entrar a la familia, así que lo obligó a casarse con la madre de German.
Su padre, furioso, culpó a su esposa de todo. La despreciaba, la ignoraba y rara vez dormía en casa. Solo bajo la inmensa presión de los patriarcas cumplió con su «deber» de engendrar un heredero.
Cuando German tenía tres años, aquella actriz se presentó en la puerta con un gran embarazo, exigiendo que su madre firmara el divorcio. La abuela la echó a patadas y, de alguna manera, la mujer terminó perdiendo al bebé. Una vez más, su padre culpó a su esposa del incidente.
Ese matrimonio roto se convirtió en una guerra fría interminable, razón por la cual German jamás sintió apego por su padre.


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