Él miró sus ojos, que aún estaban un poco hinchados, y dijo con un tono áspero:
—Entonces los tienes así porque ayer estuviste llorando.
Julia soltó una risa nerviosa y no respondió.
—¿Todavía sientes algo por él? —preguntó Adrián.
La mano con la que Julia sostenía la cuchara se detuvo, y sus pestañas temblaron.
¿Aún sentía algo por él?
Pensó que, quizás, desde el momento en que descubrió que él había cedido los recursos médicos de su padre para beneficiar a otros, se había decepcionado por completo.
Negó con la cabeza.
—Creo que ya no. No quiero tener ningún tipo de vínculo con él.
Decir que no sentía absolutamente nada sería mentira; aún estaba en pleno proceso de desapego.
Olvidarlo era solo cuestión de tiempo.
Recordando la competencia, la imagen de la mirada de Gisela Rojas volvió a su mente.
—Esa tal Gisela parece ser la alumna de la maestra Patricia.
—Sí, la familia Rojas tiene lazos con el esposo de la maestra. Fue ella quien la tomó bajo su ala desde el principio.
Cuando Julia le pidió que averiguara sobre Patricia Rivas, Adrián había investigado un poco sobre sus contactos, pero no esperaba que su aprendiz estuviera en la misma competencia.
—Tuve la oportunidad de ver su diseño de cerca en el área de espera. Su técnica es verdaderamente impecable. Aunque el corte es tradicional, el bordado es una obra maestra absoluta, casi mágico.
Julia ya había visto diseños excepcionales antes, pero lo de hoy había sido un deleite visual.
Una vez tuvo la suerte de fotografiar un pañuelo bordado por la mismísima maestra Patricia, cuyos trazos eran inconfundibles. Al ver el trabajo de Gisela hoy, supo de inmediato de quién había aprendido.
Sus propias habilidades de costura aún tenían límites, por lo que su única ventaja ahora era la creatividad. Ojalá tuviera la oportunidad de recibir los consejos de la gran maestra para superar esa debilidad.

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