No fue hasta que el auto desapareció en la distancia que Alberto cayó de rodillas al suelo, con el rostro gris como la ceniza.
—Se acabó... se acabó todo.
No solo había perdido el proyecto; toda su empresa estaba acabada.
***
En el auto.
Julia iba sentada en el asiento trasero, en silencio y frustrada. A su lado, German le examinaba la herida con extremo cuidado. Tenía el ceño fruncido y un aura de ira contenida que no lograba disipar.
Sacó el pequeño botiquín de primeros auxilios del vehículo y sacó yodo y unos algodones.
—Déjame desinfectarlo —dijo en voz baja.
Al ver que Julia se encogía, pegándose contra la puerta como si quisiera estar a kilómetros de él, su tono se volvió hosco.
—No te voy a comer. Acércate.
¿Cómo podía ponerse terca en un momento como este?
Pero al darse cuenta de que había sonado demasiado brusco, suavizó la voz casi sin querer.
—Ven aquí. Déjame curarte, esas uñas seguro tenían bacterias. ¿Qué vas a hacer si te queda una cicatriz?
Al escuchar eso, Julia dudó un segundo antes de deslizarse un poco hacia él.
La marca iba desde la esquina de su ojo hasta el lóbulo de la oreja. Era larga y profunda; la mujer la había atacado con toda su fuerza.
Era aterrador imaginar qué hubiera pasado si esa bofetada hubiese impactado de lleno en el rostro de Julia.
Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre a German. Sin levantar la vista, le ordenó a Cristián:
—Revisa todos los contratos que tengamos con la Corporación Marítima. Cancélalos todos. Congela cualquier línea de crédito, que no se les apruebe ni un solo peso más. Y cualquier empresa que haga negocios con ellos, el Grupo Zamora dejará de trabajar con ellos de inmediato.
Estaba furioso.
Cristián también sentía rabia, así que asintió con determinación.
¡La señora tenía un rostro tan hermoso y esa mujer desquiciada se lo había lastimado!
Con la luz del techo encendida, German empapó el algodón en yodo y comenzó a aplicarlo con delicadeza extrema. Al no alcanzar bien la zona cerca de la oreja, se inclinó un poco más y usó su otra mano para girar suavemente el rostro de Julia hacia la izquierda.
Luego tomó una pomada cicatrizante y la esparció con la yema del dedo, con mucho cuidado.
Temiendo que le ardiera, soplaba suavemente sobre la herida cada tanto.
Estaban tan cerca que el inconfundible aroma a colonia de German la envolvía por completo.



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