Julia siguió su mirada y alzó una ceja.
La habían atrapado con las manos en la masa.
Pero, al fin y al cabo, era su propiedad y lo que hiciera con ella no era asunto de German.
—Si te incomoda, puedes recortar tu mitad y llevártela.
German la miró de reojo, pero no dijo una sola palabra.
¡Pum! La puerta se cerró a sus espaldas.
Respiró hondo y bajó las escaleras.
Tiró la basura en el contenedor, pero al final se llevó el marco consigo al auto.
Ella ya no quería nada.
Ni siquiera la única foto que tenían juntos.
Con la luz del techo encendida, German observó la imagen en silencio.
Por la ropa que llevaban, supo de inmediato que era de cuando fueron a escalar el Pico Nevado.
En realidad, él siempre supo que ella le estaba tomando fotos a escondidas.
Varias veces se hizo el desentendido para darle la oportunidad, pero ella estaba tan nerviosa que, durante todo el camino, nunca se atrevió a presionar el botón.
Al final, él se desesperó y se quedó mirando fijamente el mar de nubes para que ella pudiera tomarla de una buena vez.
Después de eso, para despistarlo, ella fingió que estaba admirando el paisaje por otro lado. Creía que había sido súper sigilosa, pero era una pésima actriz.
—Qué tonta —murmuró.
Sabía que la había tomado, pero jamás imaginó que la conservaría con tanto cuidado y que la habría guardado hasta el día de hoy.
Bajo la tenue luz, se quedó viendo a la mujer de la foto.
Se veía llena de vida, adorable, vibrante.
Y lo más importante: la forma en la que lo miraba estaba llena de amor.
Pero ahora todo eso había desaparecido. Ya no quedaba ni una gota de cariño hacia él en sus ojos.
Eran fríos, como si él fuera su peor enemigo.
Como él conocía a la perfección el amor que ella solía profesarle, el contraste lo golpeó con una fuerza abrumadora.
Era una sensación tan desoladora que sentía que no podía asimilarla.

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