Ivón miró atónita a su propio hijo.
Su expresión era tan fría que le dio escalofríos.
Sintió un vuelco en el pecho y no se atrevió a decir nada más.
—Y sobre lo que acabo de decirte, si quieres ir a contárselo a la abuela, hazlo. Eso si no te importa que las cosas empeoren aún más.
Dicho eso, Galileo salió de la habitación sin mirar atrás.
Justo cuando estaba por cruzar la puerta, Ivón salió de su asombro y lo llamó apresuradamente.
—¡Gali, escúchame! Hemos aguantado tantos años, ¿no puedes soportarlo un poco más? Cuando heredes todo el imperio de los Godoy, tú serás quien mande en esta casa. Podrás hacer lo que se te dé la gana y nadie te detendrá.
—No importa si es una mujer o diez, podrás tener las que quieras. Pero por ahora, contrólate. No dejes que un arranque arruine todos estos años de sacrificio.
Galileo apretó los labios y emitió un frío murmullo de afirmación.
Bajó a la sala.
La expresión de Anatolia ya no era tan hostil.
Galileo se acercó y la saludó dócilmente.
—Abuela.
Anatolia señaló el sofá de enfrente.
—Siéntate. Tenemos que hablar.
Galileo obedeció en silencio.
—No me culpes por enojarme contigo. Tú fuiste quien cometió el error esta vez.
Él se aferró a su coartada.
—Esa mujer de la foto de verdad es solo una clienta. No hay nada entre nosotros, todo es un malentendido. Si no me crees, puedo llamarla ahora mismo y le preguntas tú.
Al fin y al cabo, ya se había puesto de acuerdo con Irene Mera. Ella sabía exactamente qué decir.
Anatolia entrecerró los ojos.
—Ese cuentito guárdatelo para Yolanda o para tu tonta madre. Ellas te creerán, pero a mí no me engañas.
—No olvides quién sacó adelante a esta familia cuando tu abuelo ya no estuvo. He vivido lo suficiente como para que me vengas con estos jueguitos baratos. Conmigo no intentes ser listo.

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