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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 356

Ivón esbozó la sonrisa más forzada del mundo.

Pero en cuanto se dio la vuelta, su expresión cambió radicalmente.

Subió y tocó la puerta de Galileo.

Al entrar, un fuerte olor a cigarrillo la golpeó de lleno.

Ivón se apresuró a abrir las ventanas.

—¿No sabes abrir la ventana cuando fumas? ¡Te vas a ahogar aquí adentro!

Galileo estaba recostado en un sillón, con un cigarrillo entre los dedos y el rostro demacrado.

Al ver a su propio hijo así, a Ivón se le partió el alma. Se acercó, le quitó el cigarrillo y lo aplastó en el cenicero.

El cenicero ya estaba casi lleno.

¿Cuánto había fumado?

—Tu abuela te llama. Baja rápido y háblale con respeto. Te grite o te insulte, tú aguanta. Solo tienes que soportarlo y ya pasará.

—Y tú también —continuó—, ¿para qué te buscas a esas mujerzuelas en un momento así? ¡Y si lo vas a hacer, al menos sé discreto! ¡Cómo dejas que te vean!

Galileo se frotó las sienes. Su voz era fría y pesada.

—Porque en esta casa me siento asfixiado. Quería hablar con alguien. ¡Con ella puedo hablar de verdad, sin fingir! ¡¿Lo entiendes?!

Ivón se quedó helada.

—Si tienes rabia, no te desquites conmigo. ¡Ve y grítale a tu abuela si te atreves!

Galileo cerró los ojos y soltó un suspiro.

—Mamá, ¿no estás cansada?

Ivón no entendió a qué se refería.

—¿Qué quieres decir?

—Todos estos años, soportando la tiranía de la abuela, aguantando humillaciones en silencio, bajando la cabeza. ¿No te cansa?

Ivón se quedó muda por un largo rato.

Con los años, la distancia entre ella y su hijo se había vuelto inmensa. Casi no cruzaban palabra.

Escucharlo preguntar eso de repente le removió algo por dentro.

Dejó escapar un suspiro pesado.

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