—¿Ahora quién te hizo enojar? ¿Fue Yolanda o Nanette?
Galileo le señaló el asiento de enfrente.
Irene bajó la mano y se sentó obedientemente frente a él.
Galileo observó su hermoso rostro. —Creo que te he contado demasiadas cosas.
Irene sonrió. —Soy tu confidente, mi deber es compartir tus alegrías y enojos. Así me cuentes todo, no diré ni una sola palabra. Siempre has sabido que puedes confiar en mí, ¿no es así?
El ceño de Galileo se relajó un poco.
—Por algo me fijé en ti desde el principio.
—Menos mal que me parezco un poco a tu amada Yolanda —dijo Irene—. Si no, no habría tenido ninguna oportunidad.
Irene aún recordaba la primera vez que vio a Galileo.
Aquella vez llegó solo.
Reservó el mejor privado del lugar.
Y se puso a tomar para ahogar sus penas.
Al gerente le daba miedo que le pasara algo, así que se asomaba por la puerta dudando si entrar o no, pero temía que Galileo le gritara.
Galileo había dado órdenes estrictas de que nadie lo molestara.
En ese momento, Irene iba pasando por ahí.
El gerente le pidió que entrara.
Al ver a Galileo por primera vez, Irene se quedó pasmada.
Había visto a muchísimos hombres gastar dinero en Cúpula Noir, pero jamás a uno tan guapo y elegante.
Galileo también se sorprendió al verla.
No por lo guapa que era o por su buen cuerpo.
Sino porque Irene se daba un aire a Yolanda.
Él, que nunca aceptaba compañía en Cúpula Noir, esa noche le pidió a Irene que se quedara.
Aunque era la primera vez que se veían, platicaron muy a gusto.
Galileo, con unas copas de más, le contó muchas cosas.
Desde ese momento, Irene supo de la existencia de Yolanda.
También se enteró de que Galileo se estaba emborrachando porque la mujer que amaba estaba a punto de casarse con su propio hermano.

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