—Además, Yolanda te dio un hijo precioso. Aunque no lo valores por amor, deberías valorarlo por el esfuerzo —sentenció Anatolia.
Galileo trató de controlar el maremoto que sentía por dentro.
—Entendido.
«Sí, claro».
Aún faltaba comprobar si Yolanda de verdad era la preciada joya de Luis Camoso.
Por fin se había acabado la charla. Galileo suspiró internamente.
Pero Anatolia volvió a hablar:
—No esperes hasta mañana. Ve ahora mismo. Mientras más rápido lo hagas, más sincero parecerás.
—De acuerdo.
Anatolia lo pensó un segundo más.
—No, mejor te acompaño. Si yo voy personalmente, Luis y Yolanda no tendrán más remedio que darnos la cara.
—Como digas.
—¡Chávez! —gritó Anatolia.
El chofer apareció de inmediato.
—A sus órdenes, señora.
—Ve a la cava y saca dos botellas del mejor vino. Y una caja del té fino. Ah, y empaca todos los suplementos naturales que nos regalaron el otro día.
Llenaron la cajuela con un sinfín de regalos.
Al llegar a su destino, Chávez tocó el timbre.
La señora del servicio abrió y, al ver a Anatolia, se quedó perpleja.
—Señora Anatolia, ¿qué la trae por aquí?
Anatolia había cambiado su cara de pocos amigos por una gran sonrisa.
—Vine a ver a mi futura nieta.
La empleada entró corriendo a avisar.
Anatolia pensó que Luis Camoso saldría a recibirla en persona.
Sin embargo, quien regresó fue la empleada, con una sonrisa algo incómoda.
—Señora, el señor dice que no se siente bien, y le pide que se retire por hoy. Podrán visitarlo otro día.
Al escuchar eso, a Anatolia le hirvió la sangre.
Pero como los Godoy tenían la culpa, tuvo que tragarse su orgullo.

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