Gael apenas podía creerlo.
—¿De verdad confías tanto en mí? ¿No tienes miedo?
—¿Miedo de qué? ¿De que destruyas la casa? No vas a destruir la casa como un perro salvaje —respondió ella.
Gael esbozó una media sonrisa.
Nanette sacó todo el efectivo que llevaba en la billetera y se lo entregó.
—Toma esto para que te compres comida estos días. Cuando termine la convención tecnológica, me pondré en contacto contigo.
Gael apretó los billetes con fuerza, sintiendo un nudo en la garganta.
En toda su vida, salvo su difunta novia en el orfanato, nadie lo había tratado con tanta genuina bondad.
—Gracias.
Cuando Nanette llegó a casa, ya era bastante tarde.
Al escuchar la puerta, Melba corrió a recibirla.
Le quitó el bolso de las manos mientras la regañaba con cariño.
—¡Señorita Nanette! ¿Por qué llega a estas horas? ¡Mire nada más qué hora es!
El corazón de Nanette se llenó de calidez.
El olor a comida casera saliendo de la cocina y las luces encendidas indicando que alguien la esperaba... esa era la vida que siempre había anhelado.
—Melba, hoy recogí a alguien de la calle.
—¿Recogió a alguien? —Melba parpadeó, confundida.
—Ajá.
Nanette le resumió la historia de Gael.
Melba casi se infarta al escucharla.
—¡Ay, señorita! ¿Cómo se le ocurre meter a un perfecto extraño a su apartamento? ¡¿Y si resulta ser un delincuente?!
Nanette se rio suavemente. —Un hombre dispuesto a ir a la cárcel con tal de salvar a la mujer que ama no puede tener el alma podrida.
Melba lo meditó un segundo. —Bueno, tiene razón. Hoy en día los hombres con principios y lealtad están en peligro de extinción.
Luego, corrigiéndose a sí misma, añadió:
—Aunque pensándolo bien, no todos. Siento que el señor Noel también es un hombre de los buenos.
Nanette sonrió.
Se notaba que Noel tenía una excelente reputación con Melba.

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