Tras colgar, Camila se quedó un rato tirada en la cama.
Dio vueltas de un lado a otro hasta que, finalmente, sacó una caja de pastillas del buró.
Era un medicamento para el estómago.
Lo había pedido a domicilio hacía un rato.
Pero no era para ella, era para...
Después de pensarlo mil veces, se arregló la ropa y caminó hacia la habitación de al lado.
Allí se hospedaban Noel y su asistente, Isaac.
Camila tocó a la puerta.
Isaac fue quien abrió.
—Señorita Mancilla, ¿necesita algo a esta hora?
Camila apretó la caja de pastillas en su mano, sintiendo que le sudaban las palmas.
—Supe que el señor Noel estaba mal del estómago hoy, y casualmente traje medicina para eso.
Isaac giró la cabeza hacia adentro.
—¡Jefe! La señorita Mancilla le trajo medicina.
La voz profunda y magnética de Noel resonó desde el interior.
—Que pase.
Al entrar, Camila vio que Noel seguía sentado en el escritorio, trabajando.
La pantalla de su computadora estaba repleta de líneas de código que mareaban con solo verlas.
El corazón de Camila dio un vuelco.
Él tenía la vida resuelta, podría simplemente dedicarse a disfrutar de su fortuna, pero trabajaba como el que más. Era admirable.
A diferencia de los típicos niños ricos que solo sabían derrochar, Noel estaba en otro nivel.
Un hombre así, que reunía tantas cualidades, ¿cómo no iba a acelerarle el pulso?
Noel se levantó y se acercó a ella.
—Ya me siento mucho mejor, pero de verdad, te lo agradezco mucho.
Camila, que siempre era extrovertida y directa, de repente se sintió intimidada.
—Qué bueno que esté mejor. Bueno... me retiro.
Antes de ir, había ensayado en su mente un montón de frases casuales de preocupación, como cualquier amiga lo haría.
Pero estando allí, frente a él, las palabras se le atascaron en la garganta.
—Camila.
Noel la detuvo de pronto.
Ella frenó en seco y se giró.
—¿Sí, jefe?

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