Después de dar unas buenas caladas y soltar el humo, tiró la colilla al suelo.
Dio un par de pasos, pero luego se detuvo, regresó, recogió la colilla del piso y la tiró en un bote de basura cercano.
Al observar esa pequeña acción, una sonrisa asomó en los labios de Nanette.
Lo llevó a una fonda de fideos.
El hombre estaba muerto de hambre. Se devoró un tazón gigante de sopa de fideos y un buen plato de carne salteada.
Al terminar, miró la mitad del plato que Nanette había dejado.
—¿Ya no vas a comer más?
Ella sonrió.
—Es mucha comida, no me cabe todo.
El hombre jaló el plato hacia él, agarró el tenedor y empezó a comer a toda prisa.
—...Pero si de ahí ya comí yo —murmuró Nanette.
Él ni siquiera levantó la vista. Su voz sonó grave.
—Cuando hay hambre, me he comido hasta lo que tiran al piso.
Nanette se quedó muda y lo observó en silencio hasta que dejó el plato limpio.
Al terminar, se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Lo que hiciste por mí hoy, no se me va a olvidar. Si alguna vez tengo la oportunidad, te lo pagaré. Si no la tengo... pues hasta aquí llegamos.
—¿Por qué esperar? Puedes hacerlo ahora mismo —dijo Nanette.
Él se detuvo en seco.
—Habla.
Nanette le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—Cuéntame un poco de tu vida.
El hombre guardó silencio por unos segundos.
—Me llamo Gael. 24 años. No tengo padres, ni familia, ni amigos. Soy huérfano, crecí en un orfanato. Cometí un delito, estuve en la cárcel y ahora trabajaba como cantinero en ese bar. Pero con lo que pasó hoy, seguro ya me despidieron, así que oficialmente soy un desempleado.
¿Cantinero?
Por su porte y su mirada, no tenía facha de servir tragos.
—¿Sabes preparar cócteles?
—Sí, cuando salí de la cárcel un tipo me enseñó.
Nanette no pareció sorprenderse en lo absoluto por la frase "cometí un delito, estuve en la cárcel".
Alguien capaz de soltar eso con tanta calma difícilmente era un criminal despiadado.
Fue directa al punto:
—¿Por qué te encerraron?

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