Galileo se quedó atónito en su lugar durante un largo rato.
¿Qué acababa de decir?
¿Storm?
¿A qué Storm se refería?
Para cuando Galileo reaccionó y quiso ir tras ella para pedirle una explicación, Nanette ya había desaparecido.
Nanette estacionó su auto frente al edificio de Nube Alta.
Se quitó el cinturón de seguridad, sacó de su bolso el Acuerdo de Mediación, que era prácticamente su acta de divorcio, y lo miró durante mucho tiempo.
No podía creer que un simple papel le hubiera costado un camino tan largo y lleno de baches.
De haberlo sabido, ¿para qué se habría aferrado a la venganza desde el principio?
Si se hubiera divorciado antes, tal vez...
Una punzada de tristeza recorrió a Nanette.
En este mundo, no hay nada más inútil que pensar en el «hubiera».
En su teléfono tenía decenas de llamadas perdidas.
Todas de Galileo.
No había que pensar mucho para saber que quería confirmar el asunto de «Storm».
Nanette no contestó.
Que Galileo se volviera loco de la intriga.
Afuera del auto, el cielo estaba despejado y el sol brillaba.
Hoy era verdaderamente un buen día.
Nanette abrió la puerta, se bajó y levantó la cabeza para tomar una profunda bocanada de aire.
El aire helado casi la hizo toser.
Así que ya había llegado el invierno...
El guardia de seguridad la reconoció de inmediato.
—Señorita Larco.
Nanette le sonrió levemente.
—No esperaba que me recordara.
—Por supuesto que la recuerdo, usted es la primera persona a la que el señor Cortés recibió personalmente.
—Acabo de llamarlo, pero no contestó.
¿Seguiría enojado con ella?
—No se preocupe, señorita Larco, puede subir directamente.
Dicho esto, el guardia pasó su tarjeta por el lector.
—Adelante, señorita Larco.
Nanette subió.
La recepcionista la recibió con una gran sonrisa apenas la vio.
—Señorita Larco, ¡qué gusto verla!
Nanette se sorprendió un poco.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó