—Sí, eso haré —dijo Nanette—. Pero no hace falta que te quedes conmigo estos días, ve a trabajar.
—De ninguna manera, el señor Cortés me dijo que me quedara contigo. Todos estamos bastante preocupados por ti.
—No te preocupes por mí. Quiero aprovechar estos dos días para pensar bien las cosas.
—Pero el señor Cortés... —dudó Camila.
—Camila, hazme caso, ve a trabajar. No descuides tus asuntos importantes por mi culpa. Déjame sola un tiempo, ¿sí?
—Está bien, de acuerdo. Pero si pasa algo, por favor llámanos. No vayas a ser tan impulsiva como esta vez.
—Lo haré, yo...
El timbre del teléfono interrumpió a Nanette.
Respondió.
Tras apenas medio minuto, la llamada terminó.
Nanette suspiró, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
—¿Quién era? —preguntó Camila.
—El mediador del Juzgado.
Camila se sorprendió.
—¡Tan rápido!
Nanette sonrió con frialdad.
—Anatolia no permitiría que el proceso fuera lento.
—Esa vieja bruja —maldijo Camila, sin poder evitarlo—, al final resultó ser un golpe de suerte que te favoreció. ¿Vas a ir al Juzgado?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana.
Camila todavía no estaba tranquila.
—Te acompaño.
—No es necesario —respondió Nanette.
—Es que me preocupa que te sientas mal al volver a ver a ese infeliz de Godoy.
Nanette se quedó en silencio.
Volver a verlo sería para no verlo nunca más.
***
Nanette se encontró de nuevo con Galileo en la puerta del Juzgado.
Él llevaba la mano vendada.
Nanette sabía muy bien que la herida no era profunda. Llevarla vendada con tanta exageración era un drama innecesario.
Ambos entraron a la sala de mediación.

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