—¡Qué mala pata que haya sido Dina quien la atropelló! Ya decía yo que esa mujer no trae nada bueno, es un ave de mal agüero que solo nos atrae desgracias a la familia Godoy.
Galileo frunció el ceño con disgusto.
—Abuela, al fin y al cabo acaba de perder a su madre, no hay necesidad de...
—Ya no digas nada. —Anatolia lo interrumpió con un gesto de impaciencia—. Si ya arreglaste el problema, carpetazo al asunto y se acabó.
En cuanto Anatolia se fue, Galileo le acomodó una patada al sillón.
Al sentir que tenía quien la respaldara, Dina recuperó el valor.
—Si no hay nada más, me voy a mi cuarto. Tengo sueño, quiero dormir otro rato.
—¡Tú te quedas aquí!
Dina retrocedió un par de pasos, temiendo recibir otro golpe.
—¿No te bastó con el de hace rato? ¿Me vas a volver a pegar?
Galileo apretó los puños.
—¡Ganas no me faltan!
Dina dio un salto hacia atrás del susto.
—¡Ya solucionaste todo! ¿Qué más quieres?
—¿Solucionado? —Galileo la miró con furia—. ¡Mataste a una persona, por el amor de Dios!
—Ya te dijo mi abuela que hasta las vidas tienen precio, ¡solo pagamos y punto!
—Además, esa vieja ni sabe que yo iba manejando. No entiendo por qué haces tanto coraje.
Yolanda se acercó y se colgó del brazo de Galileo con aires de niña buena.
—Gali, ya, tranquilo. Ya le pegaste y ya la regañaste. Dina sabe que la regó, ya no la castigues más.
Galileo cerró los ojos y soltó un suspiro prolongado.
—¿Acaso te parece que se arrepiente de lo que hizo?
—Dina está chiquita, hay que tenerle paciencia. Sí, se pasó de la raya, pero lo bueno es que ya todo quedó arreglado.
—Dina —Yolanda le guiñó el ojo para que le siguiera la corriente—, córrele a darle las gracias a Galileo. Aunque se enojó contigo, apenas supo de tu problema y movió cielo, mar y tierra para sacarte del apuro. ¿Ya ves cómo te quiere?
Dina sonrió de oreja a oreja y se acercó a jalarle del brazo, con un tono meloso.
—Gali, ya sé que la regué.

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