¡Pum!
Una bofetada dejó a Dina viendo estrellitas.
Galileo tenía una mirada espeluznante; en sus ojos se gestaba una tormenta letal.
Yolanda, aterrada, se tapó la boca con las manos y no se atrevió ni a respirar.
Era la segunda vez que veía a Galileo golpear a su hermana.
Yolanda no entendía nada.
Normalmente, Galileo trataba a su hermana como la niña de sus ojos.
Pero últimamente, se portaba cada vez más frío con ella.
Dina se agarró la mejilla; quería llorar, pero el miedo no la dejaba.
Anatolia, al escuchar el alboroto, bajó las escaleras justo a tiempo para presenciar el golpe.
Sintiendo un coraje tremendo, le reclamó:
—¡Galileo! ¿Qué estás haciendo? ¿Cómo te atreves a pegarle a tu hermana?
Galileo estaba que se lo llevaba el diablo.
—¡Abuela, mejor pregúntale por qué le pegué!
Anatolia se acercó, jaló a Dina y la protegió en sus brazos.
—Mi niña, dime qué pasó. ¿Por qué se enojó tanto tu hermano?
Dina se quedó titubeando un buen rato sin atreverse a soltar una palabra.
—No pasa nada. Aquí está tu abuela. Aunque el mundo se venga abajo, yo te lo soluciono.
Al escuchar esto, Dina sintió que el alma le volvía al cuerpo.
Y le contó todo lo que había pasado.
Al terminar de escucharla, Anatolia ni se inmutó.
Tenía una expresión tan tranquila como si Dina solo hubiera aplastado a una hormiga.
—Galileo, si ya le solucionaste el problema, ¿por qué haces tanto berrinche?
Galileo se dejó caer en el sillón con el rostro ensombrecido por la rabia.
—¡Si no le ayudo, ¿qué hago?! ¿Dejar que se pudra en la cárcel?
—Abuela, no podemos seguirla consintiendo así, tarde o temprano nos va a salir el tiro por la culata.
Anatolia se encogió de hombros con indiferencia.

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