Dina estaba tan conmovida por la protección de Yolanda que no sabía qué decir.
—Yolanda, ¿estás bien?
Yolanda sonrió para tranquilizarla.
—Estoy bien, pero mírate, tienes la carita toda hinchada.
Dina, evidentemente indignada, se quejó.
—Galileo está cada vez más impredecible. Es muy extraño. Creí que en cuanto esa mujer se fuera de la familia Godoy, la vida de mi hermano sería más fácil y su humor mejoraría.
—Pero me he dado cuenta de que, desde que ella se fue, su carácter ha empeorado. Se enoja por cualquier cosa y, cada vez que alguien menciona a esa mujer, se pone a la defensiva.
Yolanda se quedó pensativa.
—Quizás... aún no se acostumbra.
—Yolanda, creo que deberías vigilar más de cerca a mi hermano. No dejes que la busque. Aunque estén divorciados, unos simples papeles no pueden atar su corazón.
—¿Qué pasará si sigue viéndola a escondidas, y con el tiempo, sus sentimientos vuelven a encenderse?
En realidad, ese era exactamente el mayor temor de Yolanda.
Últimamente, siempre notaba el rastro de perfume de otra mujer en la ropa de Galileo.
Por eso le había pedido a la abuela que sondeara sus intenciones.
Aunque la respuesta que obtuvo la había dejado satisfecha...
...en el fondo de su corazón, Yolanda seguía sintiéndose intranquila.
¿Acaso ese perfume pertenecía a esa mujer?
No pudo evitar recordar las palabras que Nanette le había dicho aquel día en la sala de reuniones.
—Ten cuidado de no convertirte en la segunda versión de mí.
Mientras más lo pensaba, más crecía su angustia.
—Dina, ¿crees que esa mujer intente seducir a tu hermano para vengarse de mí ahora que están divorciados? ¿Y si me lo arrebata de nuevo?
Dina asintió con total convicción.
—¡Sin duda alguna!
El rostro de Yolanda se ensombreció y apretó los dientes con furia.
¡No!
¡Jamás permitiría que algo así sucediera!
¡Galileo era suyo!
¡El puesto como señora de la familia Godoy también le pertenecía!
¡Nadie se lo quitaría!
En Altavista Premier.
Galileo llevaba un buen rato parado frente a la puerta, sin atreverse a tocar.
No entendía cómo había terminado ahí de repente.
Ni por qué de pronto sentía la necesidad de andar con tanto cuidado con esa mujer.
Finalmente, se armó de valor y llamó a la puerta.

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