En las oficinas del Ministerio Público.
Un joven vestido de diseñador de pies a cabeza contestaba como si nada, sin una pizca de arrepentimiento.
Un agente le indicó a Nanette que ese sujeto era quien había matado a su madre.
Sobre el escritorio había una carpeta con las fotografías del peritaje en la escena.
Nanette miró las fotos un segundo, hasta que se le quedaron pegados los ojos en las placas.
Conocía esa matrícula a la perfección.
Era el coche de Dina.
Ese Ferrari rojo había sido el regalo de cumpleaños que Galileo le compró.
Pero a Dina le habían suspendido la licencia de conducir desde el año pasado por acumular multas. Desde entonces, se suponía que ese coche estaba arrumbado en el garaje.
¿Qué hacía ese coche ahí? Nanette levantó la vista y recorrió la sala de espera.
Fue entonces cuando la descubrió, sentada en una de las bancas del fondo.
En pleno frío, Dina llevaba puesta una blusa ombliguera, pantalones de cuero ajustados y botas, dejando ver sus piernas desnudas.
Dina, que ya había visto llegar a Nanette, estaba tan asustada que no se atrevía a decir ni media palabra.
Había escuchado a los policías mencionar la identidad de la persona atropellada.
¡Nunca se imaginó que las cosas se pudieran torcer de esta manera!
¿Cómo diablos había terminado atropellando a la mamá de esa mujer?
Además, ¿que no la madre de esta tipeja era Eloísa?
¿De dónde había salido esta otra señora?
Nanette caminó hacia ella despacio y le soltó una sola pregunta, con la voz fría.
—Tú venías manejando, ¿verdad?
Nanette no sabría decir exactamente por qué hizo esa pregunta, pero su intuición le gritaba que ahí había gato encerrado.
Recordaba muy bien que Dina, aun con la licencia suspendida, se había atrevido a sacar el coche a escondidas varias veces. Solo había dejado de hacerlo cuando Galileo se enteró y le armó un escándalo monumental.
Dina, aunque muerta de miedo, no perdió la actitud a la defensiva y se levantó de un salto.
—¡Qué estupideces estás diciendo! ¡Yo venía en el asiento del copiloto! ¡Esto no tiene nada que ver conmigo!
Nanette la miró con una frialdad que daba miedo.
—¿Tienes idea de a quién mataron?
Dina bajó la mirada, tragándose sus palabras.

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