Y vaya que no se anduvo con miramientos.
Dina empezó a chillar del dolor.
No pasó mucho tiempo antes de que empezara a soltar unos berridos monumentales.
Nanette se apresuró a jalar a Candela.
No lo hizo para proteger a Dina, sino por miedo a que su madre saliera lastimada en el zafarrancho.
Dina salió corriendo como si la fuera persiguiendo el diablo. Antes de largarse, soltó la típica amenaza.
—¡Me las van a pagar, se van a arrepentir!
Nanette, con el corazón acelerado, tomó las manos de Candela.
—Mamá, ¿acaso recordaste algo?
Candela, en cambio, se zafó y fue a esconderse detrás de Melba.
Como Melba había sido la encargada de cuidarla todos esos días, Candela ya le había agarrado confianza.
—Señorita, ya vio —dijo Melba—: aunque no recuerde nada, por instinto sí sabe quién viene con mala intención. Eso quiere decir que no ha perdido la cabeza por completo, no está delirando. A lo mejor en unos días mejora.
Nanette le arregló un poco la ropa a Candela.
Ojalá así fuera.
De todos modos, Nanette ya se había mentalizado.
Aunque su madre se quedara así para siempre, ella se iba a encargar de cuidarla y hacerle compañía.
Con tenerla a su lado, le bastaba. Y así, el teatrito de Dina pasó a la historia.
La verdad, a nadie le quitó el sueño.
Ponerse a discutir en serio con ella sería rebajarse a su mismo nivel de inmadurez.
Menos mal que ya se estaban mudando.
De aquí en adelante, era muy probable que no volvieran a cruzarse con esa molestia andante.
El camión del flete llegó puntual.
Una vez que subieron todas las cosas, Venancio se fue en el coche de Noel.
Camila se sentó de copiloto en el coche de Nanette.
Melba y Candela se acomodaron en los asientos traseros.
Supuso que el trajín las había dejado muertas, porque ambas se quedaron profundamente dormidas.
Durante el trayecto, Camila, que normalmente no paraba de parlotear, no abrió la boca ni una sola vez.
Era un silencio demasiado extraño.
Nanette pensó que seguía enojada por lo de Dina.
—Camila, gracias por ponerme a salvo hace rato, pero no te me vayas a enfermar del coraje. Verte así hasta me pone nerviosa.
Camila volvió en sí.
—Esa no es nadie como para que yo ande haciendo corajes. Eso ya es historia patria, a mí ya hasta se me olvidó.
—¿Entonces qué traes?
—¿Qué traigo de qué?
—Llevas un buen rato callada, ¿acaso te cansaste mucho por la mudanza?

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