Noel estaba tomando unos tragos en un bar con un amigo cuando recibió un mensaje de un número desconocido.
Curiosamente, este amigo era el mismo abogado que le estaba llevando el caso de divorcio a Nanette.
Era un hombre de palabra, por lo que Noel había acudido a la cita sin falta.
El mensaje decía:
[Nanette está en peligro, ven rápido.]
Debajo venía el nombre de un hotel y el número de habitación.
Firmado por: Irene.
Noel no dudó ni por un segundo de la veracidad del mensaje. Sin perder el tiempo, salió disparado hacia el hotel.
Buscó el número de la habitación y tocó la puerta.
Quien le abrió fue, efectivamente, Irene.
—Señor Cortés.
Noel asintió y entró.
—¿Dónde está ella?
Irene lo guio hacia el interior de la habitación.
En el suelo, junto a la cama, había un hombre tirado.
Le habían quitado la ropa y solo llevaba puesto un calzoncillo.
Nanette estaba acostada en la cama, en un estado de completa desorientación. Parecía tener muchísimo calor, pues no dejaba de jalarse la ropa mientras soltaba gemidos de malestar.
Irene la cubrió bien con las sábanas.
—Digamos que el destino nos volvió a juntar. Esta es la tercera vez que nos cruzamos, pero parece que hoy no tuvo muy buena suerte.
»Vi cuando este tipo la bajó de un coche a la fuerza, así que los seguí hasta aquí.
»Menos mal que llegué a tiempo. Logré noquear a este imbécil antes de que le pusiera una mano encima.
La mirada de Noel se endureció y su expresión se volvió gélida.
—Te agradezco en su nombre.
Irene sonrió con modestia.
—No lo hice por ayudarla a ella, sino por Galileo. Estoy segura de que él tampoco permitiría que algo así pasara.
—¿O sea que estás convencida de que Galileo no tuvo nada que ver en esto? —preguntó Noel.
—Lo conozco. Por muy mala persona que parezca a veces, no caería tan bajo. Además, si mi intuición no me falla, en el fondo Galileo aún siente algo por Nanette.
—Entonces, ¿por qué no le enviaste el mensaje a él en lugar de a mí?

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