Irene lo miró con una sonrisa a medias.
—Nanette durmió en tu cama durante tres años, y me sorprende que no sepas absolutamente nada sobre ella.
»Si solo fuera envidia o ambición por el dinero, ¿por qué no te exigió que le regalaras las acciones? ¿Por qué se molesta en querer comprártelas?
»Ahora mismo ella tiene la sartén por el mango y cuenta con suficientes cartas para negociar. ¿Por qué no simplemente te exige que se lo des gratis?
Galileo se quedó helado por un momento.
—¿A qué te refieres?
—Nanette no está detrás de la fortuna de la familia Larco —explicó Irene—. Solo está tratando de pagarle a Guillermo todo lo que hizo por ella al criarla.
»Cuando Guillermo vivía, se negó a venderte el corporativo porque era el trabajo de toda su vida, no quería soltarlo. Nanette lo sabe perfectamente. Así que, aunque él ya no esté, ella quiere proteger ese legado en su nombre.
»Esa familia la trató muy mal, bien podría haberse lavado las manos, pero ella sabe reconocer a quién le debe favores. Es una mujer que sabe pagar sus deudas. ¿Cuántas mujeres crees que harían algo así?
»Galileo, desde el principio, nunca te tomaste la molestia de conocer a tu esposa. Siempre la has juzgado con prejuicios.
Galileo se quedó en silencio durante un largo rato.
Tuvo que admitir que las últimas palabras de Irene daban justo en el clavo.
En esos tres años, jamás se había detenido a mirar de verdad a su esposa ni a intentar comprenderla.
—¿Entonces dices que debería aceptar?
—Fueron marido y mujer por tres años —respondió ella—. Aunque lo suyo vaya a terminar, deberían dejar las cosas por la paz. Al fin y al cabo, solo estarías ayudándola a cumplir con su deber como hija, y tú no pierdes nada.
»Sin el Grupo Larco, tienes muchas otras empresas. Tampoco es que dependas de ellos para vivir, ¿o sí?
Irene le dio un suave masaje en los hombros, con una expresión tranquila y afable.
—Además, si haces esto, la próxima vez que se vean, Nanette recordará que la ayudaste, y dejarán de pelear como perros y gatos.
Galileo se quedó callado unos instantes. De pronto, la tomó de la muñeca y la jaló hacia él para sentarla sobre sus piernas.
—Me he dado cuenta de que siempre la defiendes.

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