En el documento venía clarito el nombre del juzgado y el número de expediente. A simple vista se notaba que era un citatorio judicial real y no una bromita de mal gusto.
Galileo se quedó tieso de coraje y a toda la familia Godoy se le borró el color del rostro.
Jamás se imaginaron que Nanette se atrevería a mandar la demanda de divorcio directamente a Cumbres de la Reina.
Quedaba clarísimo: Nanette iba con todo, dispuesta a cortar de raíz con los Godoy y a sacar sus porquerías a la luz.
Lo que se suponía que iba a ser un día de celebración, se arruinó por completo; gracias a ese citatorio, todos en la familia, incluido Luis, se pusieron de un humor de perros.
La primera en entrar en pánico fue Ivón.
—Mamá, ¿qué vamos a hacer? Esa mujer ya había firmado el acuerdo y hasta aceptamos darle quinientos millones de pesos. ¡Se suponía que ya habíamos terminado con esto! Que nos salga con esta jalada ahorita significa que quiere hundirnos con ella.
Anatolia la regañó en voz baja.
—¡Cálmate! Hay mucha gente aquí, ¿quieres que se burlen de nosotros? ¡Tranquila! Vamos a dejar este asunto de lado por ahora. Hoy lo más importante es terminar la celebración del bebé Mateo.
Una chispa de malicia brilló en los ojos de Luis.
—Escogió precisamente el día de hoy para mandar los papeles solo para fastidiarnos y arruinar la fiesta del bebé. No podemos caer en el juego de esa maldita. Vamos a hacer como si no pasara nada y, en cuanto termine la fiesta, pensaremos qué hacer.
Galileo arrugó el citatorio con furia hasta hacerlo bolita.
¡Me las vas a pagar, Nanette!
La gran fiesta para el bebé de los Godoy terminó entre risas y brindis.
Pero en cuanto el último invitado cruzó la puerta y cerraron, a todos se les borró la sonrisa de la cara.
Ivón llevaba angustiada todo el rato.
—Mamá, si de verdad llegamos a juicio, se va a saber todo y el prestigio de nuestra familia se va a ir a la basura. Aparte, a Galileo le acaban de dar el premio al Mejor Empresario Joven. ¿Qué vamos a hacer?
Anatolia estalló de coraje.
—¡Ya cállate la boca! ¡Nada más pasa algo y te pones de histérica! ¡Usa la cabeza, por el amor de Dios! ¡Para algo la tienes!
Ivón se encogió de hombros, asustada.
—¡Que diga lo que quiera! ¿Acaso tiene pruebas? —espetó Anatolia—.

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