Pero Galileo sentía un vacío en el pecho.
Como si algo muy importante se le hubiera escapado sin darse cuenta.
Sin Nanette ahí, hasta la empleada Luisa andaba más de buenas.
—Señor Galileo, por fin llegó. Hoy le preparamos puros platillos que le encantan, ándele a lavarse las manos para cenar.
Yolanda se acercó con el bebé en brazos.
—Anatolia y mi suegra decían que Mateo bajó de peso con todo lo del hospital, pero yo lo veo más repuesto.
—Gali, checa, ¿lo ves más gordito o más flaco?
Galileo andaba en las nubes.
—Lo veo normal.
Yolanda notó que algo andaba mal.
—¿Qué tienes, Gali? Te ves muy agüitado, ¿pasó algo?
Anatolia caminó hacia el comedor mientras decía:
—No llegues con esa jeta. Mateo estará chiquito, pero los bebés sienten cuando uno anda de malas. Como su papá, no deberías pegarle esas malas vibras al niño.
La palabra «papá» hizo que Yolanda sonriera por dentro.
Quizá muy pronto podría convertirse oficialmente en la mujer de Galileo.
Pero a Galileo le fastidió escuchar eso.
—¿No habíamos quedado en que, por ahora, ante los demás yo solo soy “su tío”?
Anatolia se puso seria.
—Galileo, ¿qué terquedad es esa? ¿Ya se te olvidó lo que me prometiste?
—Si sigues con tus berrinches, se me va a acabar la paciencia.
—Si ya no quieres ser parte de la familia Godoy, ahí está la puerta, nadie te obliga a quedarte. Pero eso sí, le paso toda la herencia a Mateo y él será mi único heredero.

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