A Galileo ni le importó mucho.
En realidad, nunca había desconfiado de Yolanda.
Así que solo asintió con desinterés.
Anatolia le pidió a una de las empleadas que le pasara el sobre que estaba en la mesa de centro.
Ya estaba abierto.
Anatolia sacó los papeles.
—Quiero que leas esto bien enfrente de Yolanda. Fíjate si Mateo es tu hijo o no, para que dejes de seguirle el juego a esa loca y no vuelvas a pedir otra prueba.
Galileo abrió los documentos.
Ahí decía clarito que el resultado era contundente, prácticamente irrefutable. En pocas palabras: Mateo Godoy era su hijo, sin lugar a dudas.
Galileo le dio una hojeada rápida y dejó el reporte a un lado.
—¿Ya lo viste con tus propios ojos? —le recriminó Anatolia—. ¡A ver si te quedan ganas de volver a dudar de Yolanda!
Galileo trató de explicar con paciencia:
—Ya te dije que...
—Gali —lo interrumpió Yolanda con voz suave—, no te culpo. Los lazos de sangre son un tema muy delicado, y con todos los berrinches de Nanette, no te quedó de otra más que pedir la prueba. Te entiendo perfecto.
Galileo le acarició el cabello.
—Siempre me entiendes.
Yolanda sonrió y se recargó en él.
—Claro que te entiendo. Abuela, ya no regañe tanto a Gali, cada vez que le dice cosas, a mí también me duele.
Anatolia se rio y volteó a ver a Ivón.
—Mírala nomás, todavía ni se casa con Galileo y ya lo defiende a capa y espada, imagínate al rato. Ya veo que no vamos a poder decirle ni pío a Galileo, porque si no Yolanda se nos va a enojar.
Yolanda se hizo la apenada.
—Ay, abuela, ¿cómo que casarnos? Qué cosas dice...
Volteó a ver a Galileo con ojitos de amor.
—Gali se va a enojar.
Galileo forzó una sonrisa.
—Para nada.
—Así me gusta, ahora sí parecemos una verdadera familia —dijo Anatolia—. Sin esa mujer aquí, por fin los Godoy podemos estar tranquilos.
Galileo se tragó lo que estaba a punto de decir.
Traía un coraje que le quemaba por dentro y unas ganas horribles de reventar.

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