Desde la habitación se escuchó el llanto de un bebé.
Anatolia preguntó con un nudo en el pecho: —Luisa, ve a ver rápido, ¿qué tiene Mateo? ¿Por qué llora así?
Dicho esto, se dirigió a Eloísa.
—Desde que llegó este bisnieto a la casa, siento que por fin tengo un motivo para seguir. Estaba muy preocupada de que, con la partida de Martino, nuestro linaje se acabara. Jamás me imaginé que esa Yolanda terminaría dándole un heredero a la familia Godoy.
Esas palabras sonaban horribles sin importar por dónde se le viera.
Era una burla descarada hacia Nanette por no poder embarazarse.
Pero Eloísa no tuvo más remedio que hacerse de la vista gorda y lanzarle una mirada de reproche a Nanette.
Félix torció la boca y comentó con actitud relajada.
—Señora Anatolia, tengo entendido que cuando no hay hijos, no siempre es culpa de la mujer. A lo mejor el problema lo tiene el hombre.
Eloísa ni siquiera alcanzó a detenerlo.
—La salud de mi hermana está en perfectas condiciones —remató.
Anatolia abrió la boca, pero se quedó callada, a punto de soltar la verdad.
El asunto del embarazo de Yolanda era un secreto que solo los miembros de la familia Godoy conocían.
Ante los de afuera, no soltaban ni una palabra.
Por eso, Eloísa y los suyos siempre creyeron que el hijo de Yolanda era de Martino, concebido antes de que él falleciera.
En ese momento, Anatolia no tuvo más remedio que tragarse el coraje.
No podía soltar la verdad solo para dejar claro que Galileo no tenía ningún problema.
Aunque a Nanette no le agradaba Félix, en ese instante le aplaudió mentalmente.
Luisa salió de la recámara.
—Señora, Mateo está lo más de bien. Nada más tenía hambre, pero ya le dimos su biberón y ahorita está jugando muy contento con la señorita.
Solo entonces Anatolia se tranquilizó.
—Dile a la niñera que lo cuide bien. Si a Mateo le pasa algo, me las va a pagar.
Se portaba como toda una reina intocable.
Eloísa puso los ojos en blanco disimuladamente, pero mantuvo una sonrisa en el rostro.
La razón por la que había ido ese día no era porque pasara por ahí.
Había ido a propósito.
Primero, porque Galileo le había prestado una gran suma de dinero a la familia Larco, y quería agradecérselo en persona.

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