Apenas se subió al coche cuando recibió una llamada de Eloísa.
—Iba pasando por aquí y quise aprovechar para visitar a tus suegros.
Nanette no procesó la información de inmediato.
—¿A qué te refieres?
—¿Cómo que a qué me refiero? Ya casi estamos en la puerta de tu casa.
Nanette sintió un sobresalto.
—¡¿Cómo que van a Cumbres de la Reina?!
—¡Ay, no hagas tanto alboroto! ¿Qué tiene de malo? Además, tu esposo nos hizo un favorzote, lo menos que puedo hacer es ir a agradecerle en persona.
Desesperada, Nanette encendió el coche de inmediato.
Si descubrían la mentira de los seis mil millones, iba a estar en graves problemas.
Ambas partes le exigirían explicaciones de dónde había salido semejante dineral.
Por las prisas, Nanette casi se pasa un alto.
Cuando llegó a la casa, Eloísa estaba sentada en la sala.
A su lado estaba Félix.
Anatolia los estaba acompañando.
Al ver a Nanette, Anatolia levantó la mirada y usó un tono deliberadamente amable:
—Mira nada más, Nanette: justo estábamos hablando de ti.
Nanette se acercó sintiendo que el corazón se le quería salir del pecho.
—Mamá, hubieras avisado antes de venir.
Eloísa, que vestía de forma elegante, respondió:
—Pues iba pasando por aquí y me pareció buena idea visitarlos.
Nanette frunció el ceño ligeramente.
—Mamá, debiste haberme avisado.
—Ay, esta niña.
Eloísa estuvo a punto de regañarla, pero al recordar que estaba en la casa de la familia Godoy, se tragó el coraje.
—Si a doña Anatolia no le molesta, ¿por qué te pones tú en ese plan?
Nanette le lanzó una mirada a Anatolia.
Tenía una expresión apacible y serena.
Quien no la conociera, juraría que era un angelito. Era una verdadera hipócrita.


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