—Puede venir a la casa más seguido a platicar —comentó Galileo.
Esa era exactamente la frase que Eloísa moría por escuchar.
—¿Ya oíste, Félix? Te está invitando a venir más seguido. Tienes que aprenderle mucho a él.
Félix no respondió. Volteó la cara hacia otro lado, justo cuando vio a Dina salir de la habitación caminando con aires de grandeza.
—Gali, Mateo como que ya creció un poquito más, y su carita se parece cada vez más a...
—¡Dina! —le gritó Anatolia, interrumpiéndola.
Dina cerró la boca de inmediato.
¡La había regado!
Por poco y suelta la sopa frente a los invitados.
Nanette se rio por dentro.
Esa Dina sí que hablaba sin pensar.
Los rasgos de Mateo tenían ciertas similitudes con los de Yolanda.
Pero con Galileo, no se parecía en lo absoluto.
—Galileo, la verdad es que vine hoy especialmente para darte las gracias —soltó Eloísa de repente.
—¿A mí? —se extrañó Galileo.
—Sí, gracias por ayudar a Nane...
—¡Mamá! —gritó Nanette a todo pulmón.
Eloísa dio un respingo del susto.
—Ay, chamaca, tú...
—Mamá —Nanette le hizo señas desesperadas con los ojos—. Galileo viene cansado del trabajo, ya no lo molestes más, déjalo descansar.
Aquel grupo estaba lleno de segundas intenciones, cada uno con su propio jueguito en la cabeza.
Tanto teatro ya resultaba agotador.
Eloísa captó la indirecta al instante y se apresuró a decir:
—Sí, sí, sí, ya me tengo que ir. Guillermo me está esperando en la casa para cenar.
Anatolia fingió insistir.
—Qué milagro que nos visitas, quédate a cenar con nosotros.
—No, gracias. El papá de Nanette está solo y no me gusta dejarlo tanto tiempo.
—Bueno, entonces no los entretengo más —dijo Anatolia—. Galileo, acompáñalos a la puerta.
Galileo asintió con un sonido de afirmación.

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