Aunque el salón del hotel era amplio y luminoso, en ese momento los presentes sentían que el aire se volvía cada vez más escaso, como si el ambiente se cargara de tensión con cada segundo que pasaba.
Candela notó de inmediato cómo Fidel no apartaba la mirada de ella desde hacía rato, observándola con una intensidad imposible de ignorar. Pero, ¿cómo iba a importarle lo que pensara Fidel? Si algo había aprendido era a no dejarse intimidar por su actitud.
Con una sonrisa, Candela tomó el ramo de flores que Genaro le ofrecía y lo acercó a su nariz para aspirar su aroma.
—Están preciosas, gracias —dijo, mientras su sonrisa iluminaba el ambiente.
Genaro, siempre elocuente y coqueto, hizo una pequeña reverencia exagerada frente a ella, como si fuera todo un caballero.
—¡El honor es mío! —respondió con una sonrisa pícara.
La mano de Fidel, apretada con fuerza junto a su cuerpo, delataba su molestia. Sabía perfectamente que Candela lo estaba haciendo quedar en ridículo a propósito, mostrándole que podía ignorarlo a placer.
Sin pensarlo demasiado, Fidel rodeó la cintura de Candela con un brazo, acercándola a él en un gesto posesivo.
—¿Te gustan tanto? Si quieres, mañana y pasado también te traigo flores. Todos los días, si hace falta —soltó en un tono cargado de advertencia, dejando claro que no pensaba dejarse ningunear.
Candela alzó la mirada y esbozó una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, desafiante.
—¡Perfecto! Las espero.
Mireia, viendo que la situación se ponía incómoda, intervino rápidamente para desviar la atención.
—Señor Fidel, ¿por qué no subimos a cenar? Todos venimos de un día pesado y ya va siendo hora de comer algo.
Los demás ejecutivos, atentos al ambiente, se sumaron de inmediato.
—Sí, señor Fidel, mejor vamos subiendo.
Fidel asintió con la cabeza, aunque su rostro seguía impasible.
Pero, para sorpresa de todos, Genaro se adelantó y se colocó al otro lado de Candela.
—Justo no he comido nada, así que me sumo —dijo con total desparpajo.
Fidel entrecerró los ojos, lanzándole a Genaro una mirada tan cortante que cualquiera habría retrocedido. Pero Genaro, fiel a su estilo, fingió no notar la advertencia y sonrió como si nada.
Mireia, que ya tenía años trabajando con Fidel y lo conocía al dedillo, sabía lo que el jefe estaba maquinando. Así que se acercó a Genaro con una sonrisa diplomática.
—Señor Genaro, esta noche es una cena interna del área de joyería. No quisiéramos que se aburriera con nuestras pláticas.

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