Después de que Fidel colgó el teléfono, Zaira no podía quitarse de la cabeza lo que acababa de ver en la videollamada.
Esa inquietud tan familiar volvió a revolverse en su pecho.
Ayer, Fidel la había acompañado de regreso a Ciudad Solsticio y, al ver que Daya solo tenía una pequeña indigestión, se tranquilizó.
Le dijo que tenía trabajo pendiente y las dejó a las dos ahí.
¡Ahora veía que en realidad había ido a buscar a Candela!
Al recordar los movimientos que vio en la videollamada, Zaira sintió una punzada de impotencia.
De inmediato notó la marca amoratada en el cuello de Candela. Ya era adulta, no necesitaba que nadie le explicara lo que significaba eso.
Y la herida en el brazo de Fidel...
Zaira apretó la quijada con rabia.
Después de tantos años viviendo en el extranjero, comprendía perfectamente las cosas que sucedían entre adultos. Sabía que a veces se dejaban llevar y pasaban este tipo de accidentes.
Esa herida, seguro se la hizo con Candela mientras... bueno, mientras jugaban de más.
¡Esa mujer tenía unas mañas tremendas!
Antes, Zaira la había subestimado. Pero ahora, se daba cuenta de lo equivocada que estuvo.
A su lado, Daya seguía brincando y parloteando, haciendo que le palpitara la cabeza.
Zaira se frotó las sienes, agotada.
Por más que su hija fuera dulce y adorable, cuidarla todo el día resultaba un asunto sumamente pesado.
Además, la niña no se despegaba de ella ni para dormir; por más que insistiera, no quería quedarse con la empleada. Y para colmo, a la hora de dormir era un torbellino: ya le había pasado varias veces que le daba una patada en plena madrugada y la despertaba de golpe.
Si no fuera porque quería usar a Daya como excusa para pasar más tiempo con Fidel, ya la habría mandado de regreso hace rato.
Mientras pensaba esto, Zaira miró a Daya y le sonrió, haciéndole una seña con la mano.
—Daya, ven con mamá.
Apenas escuchó a su madre llamarla, la niña corrió dando saltitos hasta donde estaba ella.
Quiso sentarse en el regazo de Zaira, pero su mamá solo le indicó el lugar a su lado. Así que Daya se acomodó ahí, pegadita. Igual, estar cerca de su mamá le bastaba para sentirse feliz.
—Daya, ¿te diste cuenta de que tu papá se lastimó el brazo?
Daya asintió con la cabeza.

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