—Vino a traer la ropa.
Fidel salió del baño.
No encontró su pijama por ningún lado.
Así que Fidel, apenas cubierto con una toalla blanca, apareció empapado frente a las tres mujeres.
Un minuto antes, Mireia pensaba que no podía haber una situación más incómoda en la vida.
Un minuto después, la vergüenza subió de nivel.
Fidel avanzó sin prisa, y al ver que Mireia aún tenía a Daya en brazos, arrugó el entrecejo.
—¿Por qué Daya está aquí?
De forma natural, tomó a la pequeña en sus brazos.
La profesionalidad de Mireia la ayudó a sacar de su cabeza esos pensamientos alborotados —como el abdomen y el pecho marcados de su jefe— y a centrarse en lo importante.
—Me encontré hace rato abajo con la señorita Zaira y Daya, estaban paseando al perro… Bueno, aquí está la ropa que pidió. Si no necesita nada más, me retiro.
Mireia se fue casi corriendo de ahí.
Su intuición le gritaba que lo que estaba por venir no era asunto suyo, ni por todo el salario del mundo.
—Sr. Fidel, señora, señorita Zaira, hasta luego.
Las puertas del elevador se cerraron, y el amplio recibidor quedó solo con ellos tres.
Zaira pareció darse cuenta, por fin, de que su presencia ahí no era adecuada.
Se acercó a Fidel.
—Me llevo a Daya, no quiero interrumpir entre tú y tu esposa.
Estiró los brazos para cargar a Daya.
Candela todavía no entendía bien lo que estaba pasando, pero un ladrido fuerte la sacó de su confusión.
—¡Ah!
Pegó un grito y, sin pensarlo, agarró un florero de la mesa y lo lanzó directo al perro.
—¡Luna!
Zaira se apresuró a proteger a la perra.

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