Candela escuchó esas palabras y una sonrisa desdeñosa se dibujó en la comisura de sus labios.
Miró a Fidel, y en sus ojos solo había burla.
—Fidel, de verdad... ¡sigues siendo el mismo de siempre! ¡Nunca vas a cambiar!
Fidel esperaba que Candela al menos considerara su propuesta, pero jamás pensó que ella respondería con ese tono tan sarcástico.
Apretó las manos a los costados, una y otra vez, luchando por contener el coraje que le quemaba el pecho.
Cuando por fin habló, lo hizo con una calma forzada, como si se tragara las brasas de su enojo.
—Entonces deberías tener bien claro algo: mientras yo no quiera, este divorcio no va a suceder.
Soltó la frase con apariencia tranquila, pero en el fondo sus ojos delataban la tormenta que llevaba dentro.
Candela se quedó mirando a ese hombre, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
En todos estos años, él había sabido envejecer bien; después de once años, su cara ya no tenía la insolencia juvenil de cuando lo conoció, pero tampoco quedaba ni rastro de aquella sinceridad de antaño.
La misma cara, sí, pero por dentro era otra persona. Un extraño. Ya no quedaba nada de ese Fidel elegante y amable que recordaba del pasado.
Candela giró la cabeza y fijó la mirada en Zaira, que estaba detrás de Fidel.
—¿Y ella? —preguntó, señalando con la barbilla—. ¿De verdad vas a dejar que la gente piense que tu exesposa es la amante? ¿No te duele cargarle esa cruz?
Las palabras de Candela hicieron que Fidel frunciera el entrecejo, visiblemente molesto.
—¡Candela! —espetó, avanzando un paso para bloquearle la vista.
—Si te atreves a ponerle un dedo encima a Zaira, te juro que te vas a arrepentir.
—¿Arrepentirme? —respondió Candela con una carcajada rota—. ¡Si ya me arrepentí hace mucho! Me arrepiento de haberte conocido, y más aún de haberte aceptado como esposo.
Fidel, fuiste tú el que le hizo daño a mi hermano primero. Yo solo te estoy regresando el favor, ojo por ojo.
Apenas acabó de hablar, Candela tomó un bastón de golf que estaba al lado y lo descargó con fuerza sobre la mesa del comedor.
El mármol reventó en pedazos, y los fragmentos se esparcieron por el suelo.
De inmediato, los gritos de las mujeres y el llanto de los niños llenaron la sala, en medio de un caos total.
Candela y Fidel seguían mirándose, ninguno dispuesto a ceder ni un milímetro.
—¡Papá, tengo miedo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Hija Llama Mamá a Otra