El pastel era de frutos rojos, con todo tipo de moras;
se veía delicioso.
Pero Olivia no probó ni un bocado. Tenía miedo de que, si lo hacía, el celoso que tenía al lado la obligara a comer pastel hecho por él durante todo el mes.
Así que, en cuanto todos terminaron de cantarle las mañanitas al doctor Salas, ella tomó a Julián de la mano y se fueron.
Lo que no esperaba era que Adrián y Anna siguieran por ahí. Estaban comprando en una pizzería famosa en redes que siempre tenía fila, justo al lado del Centro Herbal. Ya tenían la suya y, en cuanto Olivia salió, alcanzó a ver cómo Adrián le daba un trozo a Anna directamente en la boca.
Ella le dio un mordisco y sonrió encantada.
El sol se ponía y el raro resplandor dorado de aquella ciudad les bañaba la piel, iluminaba la sonrisa de Anna; quien no supiera lo que Adrián había vivido habría creído que eran felices de verdad.
Ese día Julián había estacionado el auto bastante lejos; para llegar, tenían que pasar forzosamente frente a la pizzería.
—Vamos —dijo Olivia.
Pensó en dar un rodeo bordeando la fila para esquivar el encuentro directo con Adrián.
Pero Julián la tomó de la mano y, con un semblante serio, pasó justo frente a Adrián con absoluta desfachatez. Olivia soltó un suspiro interno: bueno, ni modo.
Así, de frente, no solo ella, hasta Adrián tendría que darse por enterado.
Con la pizza aún en la mano y Anna junto a él, volvió
saludarlos apenas con un gesto de cabeza.
Julián pasó con Olivia de la mano frente a Adrián, cruzó entre la larga fila de gente y llegó hasta donde tenían estacionado el auto. Adrián y Anna, mientras tanto, esperaban en la orilla de la calle, aparentementea punto de cruzar.
Julián trajo el auto y se detuvo para dejarlos pasar primero. Los peatones tienen prioridad: Julián era un buen conductor. Pero justo cuando ellos se disponían a cruzar e inclinaron la cabeza en agradecimiento, Julián se acercó de pronto a Olivia y le dio un beso en la mejilla.
Olivia tenía la vista fija al frente y su mirada se cruzó
de lleno con la de Adrián.
Él sonrió, tomó a Anna de la mano y se fue.
—Ya, ¿contento? —Olivia no sabía cómo lidiar con aquel niño grande y sus celos sin sentido.

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