Julián se apresuró a sostenerla.
—Siéntate, siéntate. Yo me encargo.
La guio hasta el sofá y la sentó, pero ella seguía agitando la mano.
—Estoy bien, no me pasa nada, en serio.
—Ya, ya, ya, estás bien. Voy a recoger —dijo Julián, siguiéndole la corriente.
Solo que, apenas terminó de meter los platos en el lavavajillas y salió, ella ya se había quedado dormida en el sofá. Temiendo que fuera incómodo dormir ahí, la llamó con suavidad:
—Olivia, Olivia, ¿vamos a la cama?
Pero ella tenía los ojos cerrados y no había forma de despertarla.
Julián suspiró, la levantó en brazos y la llevó a la habitación. Estaba muy borracha: las mejillas encendidas, como pintadas de carmín.
Al inclinarse para depositarla en la cama, la respiración tibia de Olivia le rozó la oreja y contuvo el aliento. Contempló sus mejillas sonrojadas y esos labios que parecían teñidos con jugo de rosa, no quería apartarse de su lado. Quiso inclinarse un poco más, solo un poco más, y alcanzaría sus labios.
Aunque fuera apenas un roce.
¡Pero no podía! Eso sería una falta de respeto.
Entró en razón y salió de la habitación a toda prisa.
Llegó hasta la puerta, listo para irse, pero lo pensó
mejor: estaba borracha, y si se sentía mal después, ¿
quién la iba a cuidar?
Dio media vuelta y regresó.
Dudó un instante. Tenía demasiada energía y el alcohol le hervía en la sangre sin dónde desahogarse.
"Pues a limpiar", pensó.
Así fue como, en aquella noche de invierno, Olivia dormía profundamente en su cuarto mientras Julián, rebosante de energía, limpió la casa entera de arriba a abajo, sin dejar un solo rincón, hasta que no pudo más. Se desplomó en el sofá de la sala, se le agotó la batería y entró en modo de suspensión.

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